El último Gatopardo

IGNACIO RUIZ QUINTANO, Periodista
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Los recién llegados al oficio han de saber que con Guillermo Luca de Tena desaparece el último Gatopardo del periodismo.

«Nosotros hemos sido los Gatopardos, los Leones...», dice el Príncipe de Lampedusa, cuya obra maestra arranca con el «Nunc et in hora mortis nostrae. Amen» del rezo cotidiano del Rosario.

Hijo de un León, Juan Ignacio, marqués de Luca de Tena -cuyo nombre ha recibido los aruñazos de unos mininos municipales en la placa del callejero sevillano-, Guillermo Luca de Tena imponía como un Burt Lancaster en la película de Visconti.

Dos años llevaba yo de estudiante de periodismo en Madrid cuando me dio por ofrecer mi plumilla/escudilla a los periódicos de la capital. Lo hice con una carta breve, pero efectista. Me respondieron Emilio Romero, que dirigía «Informaciones», y Guillermo Luca de Tena, que dirigía el ABC.

«Si le gusta escribir -me dijo Romero-, lo suyo (que era lo mío) es el ABC».

Y gracias al ABC -gracias a Guillermo Luca de Tena, que lo dirigía con la idea de que un periódico comienza por la escritura- me libré de regresar a Burgos, donde hoy sería uno otra cosa.

«Vivimos en una realidad cambiante a la que intentamos adaptarnos como se mecen las algas ante el empuje del mar -le dice en la mesa Don Fabricio al padre Pirrone mientras dibuja puntiagudas lises borbónicas con el lápiz puntiagudo que en su ira el jesuita había dejado caer-. A la Santa Iglesia le ha sido prometida la eternidad; a nosotros, como clase social, no. Para nosotros un paliativo que prometa durar cien años equivale a la eternidad».

Y una eternidad bien ganada es lo que hoy lleva a cuestas ABC, cuya existencia resultaría incomprensible sin la obra de audacia y coraje de Guillermo Luca de Tena, siempre monárquico y siempre liberal.

«Liberales, el partido más exiguo de España», tenía dicho Juan Ignacio. No me refiero al liberalismo doctrinal, que muchos confunden con la democracia, ni a los sistemas de gobierno llamados liberales, sino a lo que yo estimo fundamental para considerar liberal a un hombre: su profundo respeto a las ideas ajenas. En España es, por desgracia, muy corriente el menosprecio, el desdén y hasta el odio hacia los que no piensan lo mismo que el sujeto, y ésa es la causa primera de la falta de convivencia que echamos de menos entre los españoles.

Un día, aunque de ello me enteré más tarde, Guillermo Luca de Tena tuvo el capricho de presentar un artículo mío al «Cavia» que, por supuesto, no me llevé, pero desde entonces me sentí tan laureado que ya nunca supe expresar mi agradecimiento.

En esta hora definitiva, Guillermo Luca de Tena, caballero antiguo en un mundo viejo de truhanes nuevos -traiciones tristes, solitarias y finales no alteraron su prestancia lampedusiana-, se merecía un Ruano que le dijera quizás aquello de que puede que un periódico sea la vida, pero la vida, querido Guillermo, no es un periódico: «Es mucho más dura que un periódico y termina siempre igual, por muchas ediciones que se hagan».

«Nosotros hemos sido los Gatopardos, los Leones...».

Lo recuerdo reinando en su campo de Chinchón con «Bartolo», el tremendo mastín, a los pies, y recuerdo cómo Ruano no quiso volver al cigarral de Marañón -«no he querido que nunca nadie más me posara su mano en el hombro»- para no convencerse de que el hombre al que admiraba ya no estaba entre nosotros. Un Ruano que supiera hacer el recuento de la butaca vacía a casi ninguna distancia de donde él (Ramón Gómez de la Serna, sobre el suelo de su biblioteca) estaba todavía; sus lápices y ceniceros... «porque todo esto sí que es la muerte: la muerte que no es un muerto, sino unos cuantos detalles de la vida».

Todavía no son las diez. Tengo mucho plomo en el corazón para correr hacia su casa. No llegaría nunca. Además, no quiero. No quiero saber nada.

Ni que se ha muerto.