Ullán, la rumba y el jamón

IGNACIO RUIZ QUINTANO
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CUANDO los yuparras llegaron al periodismo, Ullán todavía estaba allí. «¿Tiene peso esa firma?», preguntaron los yuparras un día que Ullán se presentó con un folio inédito que había conseguido sacarle a Monterroso. Así supimos que el periodismo, como el politiqueo que lo sustenta, ya no era más que una rumba bailada alrededor de un jamón. Y Ullán recordaba, divertido, a un periodista matalón que en una exposición de Cuixart en Ámsterdam le dijo:

-¡Coño, Iríbar!

José-Miguel Ullán tenía, en efecto, algo de chopo en pleno páramo cartagenero -la calle madrileña de Enma Suárez y Lolita Garrido-, y era, en la escritura como en la conversación, inteligencia pura, alguien -al fin- sublime sin interrupción, un sentido del humor tajante, el descentrado voluntario de las norias literarias.

-Leedle una y otra vez, y si ni aun así le entendéis, estáis en evidente peligro de no entenderle -decían los actores compañeros de Shakespeare para recomendar la lectura de sus comedias.

Uno, que nunca confió en los periodistas en los que no se puede leer entre líneas, leía con perdiguero a Ullán, maestro en el arte de «devolver su confusión a las cosas». ¿No dijo Alfonso Reyes que el menor daño que puede hacerse a un poeta es decir que no se le entiende bien?

-El vecino que quiere darnos la dirección de su casa, nos dice: «Vivo en el número tantos de tal calle». Y es preciso que se exprese así, o no podremos visitarlo. Por Santa Teresa: «Vivo sin vivir en mí; / y tal alta vida espero, / que muero porque no muero.»

Porque la inteligencia tiende al bien, causa alguna pena esa actitud rencorosa por la que, aun en los chinchines de la necrología apresurada, no se le respeta a Ullán, el gran inteligente, la independencia: unos siguen dolidos de sus alusiones, otros no le pueden perdonar que no les aludiera para nada.

Del Poder sacó la cabeza caliente («daría todo lo que tengo por ser Yukel» -seudónimo ullaniano-, fue la imperial confidencia de González en el trasnoche de «la Bodeguiya») y los pies fríos: mesacamilla poética de un Aznar azañista en La Moncloa, con faldones muy largos, «porque así puede uno quitarse los zapatos».

-¿De qué estamos hechos, Dios mío? ¿Qué trágica broma es ésta?

Dos últimos favores me hizo mientras, sin saberlo, se despedía: guiarme hasta Pepe Cerdá y animarme a sostener esta ermita de sábado desde la que hoy animo a reunir la obra periodística de Ullán, gran señor de la enorme España cruel y hermosa donde, como decía Ruano, da gusto y asco vivir y morirse. Donde morir es ir perdiendo la costumbre de vivir. Donde vivir no es ponerse una corbata, sino que unas manos puedan estrangularnos con ella. Donde sólo descansan los muertos y, en el fondo, no les gusta.

Persona ungida de la más exigente generosidad, su muerte es otra pedrada en la memoria. Dolerá toda la vida.