UCRANIA MIRA A OCCIDENTE

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UCRANIA se enfrentó ayer al reto de encarar pacíficamente un segundo desenlace electoral, después de la crisis abierta tras las fallidas elecciones de noviembre. El pulso fue más allá de una confrontación de partidos y de líderes políticos, pues el triunfo -según los primeros resultados- del opositor Yúshenko, reconocido por el candidato gubernamental Yanukóvich, supone una victoria de las tesis europeístas frente al discurso antioccidental de la línea oficialista. La contienda electoral ha servido para poner de manifiesto el tira y afloja secular de un país complejo, marcado por la historia y la geografía y sujeto a la acción indirecta de intereses diversos, alguno deseoso de que Ucrania oriente su política en una concreta dirección, y no otra.

De hecho, los ucranianos están ante el espejo de su propia identidad. Es más, la situación vivida semanas atrás trasciende la contabilidad y las prácticas fraudulentas para entrar en la escabrosa herencia de un pasado marcado por los desenlaces de un siglo XX traumático. No cabe duda de que la descomposición de la antigua Unión Soviética está detrás. Territorio fronterizo entre el Oriente eslavo greco-ortodoxo y el Occidente eslavo católico, Ucrania aloja una identidad poliédrica que dificulta cualquier análisis reduccionista. Contemplado con objetividad, el país se ha construido sobre la falla sísmica de dos mundos en tensión, tal y como se vio desgraciadamente no hace muchos años en los Balcanes. Administrar y gestionar esta realidad con sensatez requiere consolidar adecuadamente una sociedad abierta y las prácticas de buen gobierno asociadas a ella.

Si se confirma el triunfo de Yúshenko, Ucrania tendrá ante sí un panorama más despejado a la hora de consolidar su democracia. Con todo, el escenario no admite tampoco interpretaciones maniqueas. La responsabilidad de los partidos en liza exige altas dosis de sentido común y, sobre todo, de lealtad democrática.