Editorial ABC

Treinta años de la matanza de Tiananmen

Las jornadas esperanzadoras en las que los jóvenes estudiantes reclamaban libertad demostrarían que los chinos comparten con el resto de la humanidad un anhelo natural de libertad

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Hace treinta años que la sociedad china intentó levantarse contra la dictadura estalinista que la mantenía sometida y todo el mundo pudo ver a miles de manifestantes que pedían democracia alentados por los cambios que se estaban produciendo en el resto del universo comunista. Las jornadas esperanzadoras en las que los jóvenes estudiantes reclamaban libertad demostrarían que los chinos comparten con el resto de la humanidad un anhelo natural de libertad, igual que la brutal represión confirmó también que las dictaduras son siempre inhumanas a la hora de aplastar esas ansias.

Tres décadas después, China es una pujante potencia mundial con intereses globales. Nadie puede discutir sus éxitos en materia de desarrollo económico y tecnológico. Pero sigue siendo una dictadura que reprime la libertad de sus ciudadanos, si hace falta con el mismo vigor que utilizó en aquella triste matanza de la plaza de Tiananmen.

El principal valor de la filosofía política china es la armonía y para el régimen de Pekin, la experiencia de la descomposición de la Unión Soviética a manos de un dirigente tan inconsistente como fue Mijail Gorbachov sirvió como una especie de advertencia sobre lo que no debían hacer si querían evitar el caos en China. Pero la alternativa al desorden no es la paz de los cementerios y las prisiones, también hay un orden en la democracia y el desarrollo de una sociedad abierta. Mientras no lo asuman los dirigentes chinos, seguirán construyendo un país cuyos cimientos están viciados por la humillación de la sociedad y carcomidos por la corrupción impune. Serán una potencia, pero con los pies de barro.