La tragedia de cada fin de semana

Por Santiago CASTELO
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Cada fin de semana las carreteras españolas se llenan de un luto terrible y anónimo. Es la sangre joven derramada en los accidentes de tráfico que apenas si salta a las páginas de los periódicos y que —eso sí— abulta a final de año las estadísticas estremecedoras. Es un goteo incesante que troncha juventudes, destroza familias y lo anega todo de una pena sorda. A veces, los lunes —como hoy— te encuentras con esa esquela desgarradora que habla de edades rayanas con la adolescencia y el remoquete terrible de «víctima de un accidente de circulación». Y a veces —como hoy—, lunes también, tienes que asimilar —y no puedes— que ese accidente lo han protagonizado seis jóvenes, que tres de ellos han logrado sobrevivir, pero que a otros tres se los ha tragado la muerte irremediablemente. Tenían entre dieciséis y veintisiete años. Regresaban de una despedida de soltero. El coche en el que viajaban los seis muchachos cayó al Guadiana, en un badén entre Valdelacalzada y Talavera la Real, cercanías de Badajoz. Era fría la noche de febrero. Y allí, donde el Guadiana se hace moruno y fronterizo, vinieron a dar esas vidas en la flor de la edad cuando soñaban con una boda para el próximo sábado. Un patinazo, el coche que salta el pequeño puentecillo y unos juncos que se agitan. Luego, tres vidas rotas y tres que milagrosamente nacen, en el oscuro silencio de la noche, de entre las aguas turbias. Dos de los muertos eran hermanos de la novia. El otro, su prometido. ¿Imagináis el drama de esa muchacha? Dicen los telegramas de agencias que la chiquilla estaba anoche fuertemente sedada en su casa, víctima de un ataque nervioso. Pero ¿y mañana? ¿y pasado? Cuando ya este suceso deje de ser noticia, y pase la sedación, ¿qué será de esa muchacha? Seguirán los periódicos, puntualmente, cada lunes dando sin detallar las cifras de muertos por accidente. Pero esa niña irá viendo pasar las semanas y los años sin más ilusión que mirar las fotografías de su novio y de sus hermanos muertos. Mientras, en el armario ropero, un traje de novia que nunca estrenó amarillecerá de pena como ella.