Tráfico y responsabilidad

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2La segunda fase de la operación especial de tráfico de Semana Santa se pone hoy en marcha con la previsión de que se produzcan, hasta el próximo lunes, diecisiete millones de desplazamientos. El dispositivo de la DGT, que cuenta con 8.300 agentes apoyados por 16 helicópteros con misiones de vigilancia e información, pretende intensificar los niveles de fluidez y seguridad en las carreteras. Pero este esfuerzo en medios humanos y técnicos servirá de poco si los automovilistas no se conciencian, en el momento de ponerse al volante, de que el buen término del viaje depende de su actitud y comportamiento. La campaña, dura en imágenes, con la que la DGT pretende estos días apelar a la prudencia, ha levantado la polémica que habitualmente suele acompañar a este tipo de anuncios. Las voces más críticas consideran que, pasado el primer impacto que provocan las imágenes, su eficacia se vuelve casi nula. Sin embargo, los estudios revelan que la crudeza y realismo de los mensajes sí surten efecto.

En cualquier caso, habrá que convenir, frente a quienes arguyen que lo fundamental es concienciar y no asustar, que en España los esfuerzos didácticos y los programas de seguridad vial se han demostrado bastante ineficaces. Una realidad que se pone de manifiesto con la frialdad de las cifras: la mortalidad en las carreteras españolas no decrece. En los últimos diez años, 1.600 personas perdieron la vida en las carreteras durante la Semana Santa. Es por ello por lo que, junto a los esfuerzos, nunca suficientes, por mejorar el estado de las carreteras y su señalización, no hay otra medida mejor para poner coto a los accidentes de tráfico que apelar a la responsabilidad individual: que el conductor adquiera plena conciencia de que la suerte de un viaje depende casi en exclusiva de él. La futura Ley de Tráfico prevé la sustitución voluntaria de las multas por medidas reeducadoras, como cursos formativos o de concienciación sobre las consecuencias de los accidentes. El proyecto de reforma, que ahora se tramita en el Congreso, establece la obligatoriedad de realizar cursos de reciclaje o volver a la autoescuela para los conductores que hayan cometido dos infracciones muy graves o tres graves; o dos graves y una muy grave. El endurecimiento de las sanciones como arma para combatir la siniestralidad en la carretera también se ha demostrado ineficaz. La solución, pues, no es fácil y, seguramente, no exista. Lo que resulta irrefutable es que todos los esfuerzos realizados desde la Administración carecen de efectividad si los automovilistas tienden a considerar que los accidentes de tráfico son una tragedia que les es ajena. Seguramente, lo mismo que pensaban las cinco personas que ayer perdieron la vida en el accidente del autobús de Orense.