Tráfico, sangría insostenible

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La Dirección General de Tráfico (DGT) ofreció ayer el balance final del número de vidas que se han cobrado las carreteras a lo largo de las vacaciones de Semana Santa: en apenas diez días, han muerto 138 personas en accidente, veintidós más que hace un año. La DGT también ha ofrecido, ayer y en días anteriores, el catálogo de causas a las que hay que atribuir esta trágica cifra y su incremento, que se centra fundamentalmente en la excesiva velocidad que llevaban los vehículos siniestrados, los errores humanos (distracciones y maniobras incorrectas) y el elevado número de desplazamientos motivado por el buen tiempo. Si nos conformamos con la mera consideración de estas razones caeremos inevitablemente en el pesimismo, pues achacar todo el problema al «factor humano» es resignarse a que año tras año mueran más de cinco millares de españoles en la carretera. Los coches siempre van a ser conducidos por hombres —cualquier otra hipótesis es hoy por hoy ciencia ficción— y aún no es posible cambiar la meteorología a nuestro gusto.

Pero más allá de la resignación existe una tarea ineludible por parte de las autoridades y la sociedad. Fiar casi todo a una campaña institucional de publicidad como elemento de persuasión se ha demostrado ineficaz, como corrobora el que la última sangría haya coincidido con el estreno de una serie de anuncios impactantes por su crudeza. El Gobierno y la oposición han de ponerse manos a la obra y proponer un cambio radical que afecte a los elementos que participan en esta ecuación: el conductor, la máquina y la carretera. No hay fórmulas mágicas y será seguramente una tarea a muy largo plazo —así lo reconocía el ministro del Interior, Mariano Rajoy— pero es incuestionable que ha de producirse un cambio rotundo en la educación vial, que ha de implantarse casi de manera obligatoria en todas las escuelas al tratarse de una materia de interés general (el niño que no termine siendo conductor, será peatón). Y mientras la sociedad cambia, hay labores por hacer a medio y corto plazo; perfectamente realizables desde hoy. La mejora de la red viaria con la inversión en infraestructuras, la eliminación paulatina de los «puntos negros» y la labor preventiva por parte de los agentes de la Guardia Civil (¿qué infractor no levanta el pie del acelerador cuando observa una patrulla o intuye su presencia?) se antojan imprescindibles para mitigar esta escalada y para sacar a España del vagón de cola en el que viajan los países de la UE que más vidas pierden en la carretera. El debate debe apurar todos los ángulos que convergen en la seguridad vial, incluido el modo de obtención del permiso de conducir y la posibilidad de establecer un mecanismo de reciclaje entre los conductores. Tan malo es ir demasiado deprisa en la carretera, como ir muy despacio en el Parlamento y en la creación de una cultura de seguridad vial en la sociedad.