Tráfico

Por Ramón PI
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Si es cierto —y no tiene por qué no serlo— que la gran culpa de los accidentes de tráfico recae en el exceso de velocidad, habrá que preguntar por qué el Estado homóloga automóviles que, en el más discreto de los casos, y en las cilindradas pequeñas, sobrepasan en cien kilómetros por hora el límite fijado como máximo en autovías y autopistas. Si es cierto, además, que en las áreas de servicio de nuestras mejores vías no se puede expender por ley alcoholes superiores a los dieciocho grados, habrá que preguntar también por qué razón se venden licores de graduación espectacularmente mayor a la permitida. Y no sólo por qué se despachan estos productos, sino por qué, a mayor abundamiento, no se investiga, y ello es muy fácil, la compraventa de estos alcoholes y por qué, asimismo, no se están realizando controles de alcoholemia a la salida de estos establecimientos en los que el derroche en el consumo de bebidas es inocultable. Por todo esto si, como sugiere el director general Muñoz Repiso, la velocidad y el alcohol son los grandes criminales de la carretera, habrá que convenir que el Estado no está actuando como corresponde, que tiene mucha tarea por delante —«plancha», dicen los castizos— y que no puede esperar más tiempo para utilizar todos los instrumentos legales de que dispone. Hay que abandonar de una vez por todas, después de los ciento treinta y ocho muertos de esta Semana Santa, las lastimeras e inútiles quejas por tanta sangre derramada. Luego, después de que el Estado se comporte según sus obligaciones, quedan los irresponsables. Con ellos, contra ellos, para evitar su propio suicidio y el asesinato de los demás, toda la mano dura posible. Los correcalles que sortean, los miserables que se acercan, coche a coche, a un milímetro, los sinvergüenzas que adelantan en fases prohibidas, y hasta los plantígrados que circulan y, por tanto, entorpecen la conducción general, como si llevaran un carro, no pueden seguir gozando de impunidad. Contra ellos sin recato. Una última reflexión: la Benemérita, que en la carretera aún lo es más, que no se esconda, que a la vista y consideración de todos será más eficaz que disfrazada de árbol o tapada tras un cambio de rasante.