Tortura: la hipocresía de Obama

RAFAEL L. BARDAJÍ
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Obama se parece a Zapatero en una cosa: ambos reducen todo a una meta electoral y, en consecuencia, a excitar a sus bases. No puede ser más claro para el presidente americano que con el asunto de las supuestas torturas de la CIA. Primero desclasifica unos documentos en los que se determinaba lo que le estaba permitido a los interrogadores hacer y no hacer, luego, afirma en su visita a la CIA que no piensa perseguir a los ejecutores de los interrogatorios a presos de Al Qaida; y, por último, a tenor del clamor de sus bases radicales, dice que encausar a los asesores legales de la Casa Blanca de Bush es una posibilidad en manos del fiscal general, recién nombrado por él.

Su decisión se ha recogido con gran alborozo, pues el mundo sigue odiando a George W. Bush y amando a Barack Obama. Y, sin embargo, ese mismo Obama que está dispuesto a enjaular a los consejeros de su antecesor, pasa una directiva presidencial en la que acepta entregar prisioneros de Al Qaida a otros países, para que sean allí interrogados sin conmiseración ni salvaguarda alguna.

El problema para Obama, por tanto, no es la tortura como acto degradante y depravado, ni siquiera el respeto a los terroristas, sino que no la ejecuten americanos. Y mucho menos en suelo de los Estados Unidos. El «si no se hace aquí, estoy limpio de pecado» revela una doble moral poco edificante y que responde no a la defensa de la dignidad humana, sino a otros intereses bastante más oscuros, que tienen mucho más que ver con sus consideraciones electoralistas y su voluntad de contentar a quienes le votaron y piden la sangre de Bush y su gente, que con su integridad ética.

Ni el equipo de Bush eran unos lobos, ni Obama es un cordero. Los verdaderos lobos son los Osamas del mundo. Pregúnteles a ellos quienes somos los corderos.