El tormento de la lucidez

HERMANN TERTSCH
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SE murió hace unos días Antonio Fontán, un gran señor de todo, uno de los grandes patricios españoles que nos quedaban -en su sentido más generoso y bello- y ahora se muere nuestro RyczardKapushyinski latinoamericano, Tomás Eloy Martínez. Otro de esos intelectuales que quisieron estar siempre presentes en el acontecer diario -de los que estuvieron obsesionados por explicarnos el devenir de las cosas y desde la perspectiva más optimista, quisieron así mejorar la existencia de todos nosotros. Nunca cayeron, ninguno de los tres, en esa tentación maldita, tan bien explicada ahora por David Gistau con motivo de la muerte de Salinger, de convertirse en ermitaños o adustos solitarios, en enfadados con lo inevitable y huraños heridos por las reglas del juego de las relaciones humanas por miserables que éstas puedan llegar a ser. Desde Séneca a Octavio Paz o Mario Vargas Llosa tenemos infinidad de intelectuales reales, no personajillos de una ceja u otra, que estuvieron siempre abiertos al mundo inmediato y a la interacción con sus contemporáneos, con tanto interés por lo propio como lo ajeno o lo público. Es lo más bonito que puede pasarle a un ser pensante y crítico. Pero siempre han existido razones de mucho peso para que cualquier ser lúcido se recluya semimuerto de asco ante lo que ve, lo que lee y oye. Ante lo que siente. Que la náusea ante el entorno, sus simas abisales y miserias cotidianas, pueden convertir a cualquiera que mire, vea y entienda, en un misántropo furibundo. No resulta nunca ni muy sana ni muy fértil tal actitud. Pero creo que existen razones que explican sobradamente que exista gente a medio camino entre la resignación y el rechazo activo, que en algún momento optan por alejarse de sumisiones, miserias y entusiasmos falsos, de una vida social cotidiana que parece hecha para que los individuos pierdan su autoestima.

Los últimos años de nuestro país, los seis años triunfales de nuestro Gran Timonel, nos dan tanto material para la repugnancia y el hastío que a nadie debe sorprender que sean muchos los que quieren irse, mandar a sus hijos lejos de aquí o aislarse en lo que los alemanes orientales llamaban durante el régimen de la RDA vivir en el nicho. Llamémoslo, como ellos, el «Nischenexil», el exilio en el nicho particular que te permite sobrevivir con mínimas alegrías particulares, con muy pocas relaciones personales y evitando que te afecten emocionalmente, anímicamente, las grandes barbaridades de la vida pública, los peores actos soeces del poder y las mayores obscenidades de la vida pública. Fue Alfonso Rojo hace ya casi tres lustros quien hablaba del «tormento de la lucidez» en una crítica sobre un librito mío titulado «La acuarela». En el país de la indolencia que es el nuestro, salvo en contadas ocasiones de la historia, no sufrir con los avatares públicos parece un deber del sentido común o de la supervivencia. Ese «qué más da» o ese «como sea» que son dos de los vectores del pensamiento de nuestros actuales gobernantes deben marcar la actitud pública de todo ciudadano que no quiera verse envuelto en problemas con su entorno. Quien desprecie esa regla suele ser un catastrofista o probablemente un fascista que tiene intenciones mucho más perversas, como romper la armonía de ese «no pasa nada» que es el tercer vector de esa miseria intelectual que tanto ha influido en la situación de los españoles de hoy y -nadie le quepa duda- también de las próximas generaciones que pagarán nuestros hijos y nietos. El expresidente Aznar se olvidó el otro día de mi «copyright» -es broma- cuando dijo, en referencia a Zapatero que «nadie había hecho tanto daño en tan poco tiempo». Llevo años diciéndolo. Y creo que era tan obvio desde un principio que no hace falta ningún tormento de la lucidez para llegar a esta triste conclusión.