De Torberg a Ridruejo

HERMANN TERSTCH
Actualizado:

EL ministro de los correajes cerebrales, el gran depredador o, si prefieren, el hombre que quiso matar al padre de la camisa azul abriendo cabezas ajenas a diestro, a diestro y a diestro, se dejó ovacionar por su grupo parlamentario la pasada semana. Acababa de dejar claro su desprecio a la crítica y a la oposición. Y rezumaba la arrogancia de quien se considera conquistador del patrimonio del Estado. En su frenesí por descalificar y despreciar toda objeción a su conducta y gestión, Bermejo ha llegado a cimas insólitas de prepotencia y desprecio al prójimo. Tan lejos como sólo llegaban aquellos triunfadores de la guerra en retaguardia que con tanto asco describió en sus memorias Dionisio Ridruejo. No se diferenciaban en absoluto de los que han abusado del poder siempre desde posiciones seguras. Nunca en el frente, siempre en tropelías contra los indefensos en retaguardia. Los camisas pardas que describía Friedrich Torberg en sus asaltos a casas judías -«este sofá de tapicería de seda es para mí»- o los bolcheviques que daban órdenes -muchas no descriptibles- a las familias burguesas para las que habían trabajado. Todos mostraban esa prepotencia y esa procacidad grosera de la que el ahora finiquitado ministro es ejemplo. Los relatos sobre su trato a los guardas y al servicio de las fincas en las que se instaló para colmar y calmar sus instintos dan la perfecta medida.

Pero ya no se trata del ex ministro y sus actitudes de zafio nuevo rico en épocas del Zar. Tolstoi y Dostoievski los describen peores. Lo malo no es que se dejara aplaudir el señor Bermejo por toda la bancada socialista. Lo grave es que todo el grupo parlamentario socialista aplaudiera al «torero, torero» en el Congreso de los Diputados después de su enésima y penúltima zafiedad pública. Lo terrible es que socialistas honrados y cabales, todos hoy postrados bajo la bota del Gran Timonel, se consideraran obligados la pasada semana a homenajear a este personaje en pie y con entusiasmo visible. Después de todo lo que sabían y saben de él. Ahora llega el talante mutante. Produce vergüenza ajena comprobar cómo durante todo el día de ayer, uno tras otro, los responsables socialistas aplaudieron el cese -no me cuenten milongas dimisionarias- del Supremo Cazador de la Barra Americana. Todos los que le rieron las gracietas y los desprecios, los desplantes y los exabruptos contra la oposición, están ahora encantados con la defenestración del feo del momento. Todos los que le aplaudieron hace cinco días. Hay tanta angustia por ser buen miembro de la secta que nadie piensa en cuánto aplauso cosecharía el espectáculo de ver sus propias cabezas rodar por la dehesa, aunque no mediara encontronazo con muflón o jabalí.

Y no pienso sólo en la pobre Magdalena Álvarez, que una vez más demuestra su sofisticación y cultura al irse nada menos que a Siberia a buscar efectividad, saber hacer y raciocinio en materia de seguridad de vuelo. No se ha ido a Helsinki, a Estocolmo o a Viena, a Varsovia o a Praga para inspeccionar técnicas de seguridad. Se ha ido a aeropuertos rusos, en los que algunos accidentes ni siquiera llegan a conocimiento público. Ha ido a pedir asistencia e información a los funcionarios más corruptos del mundo -si se excluye a alguno chino o africano-, a los técnicos más desarmados, precisamente por la corrupción y el miedo, a la administración más ducha en el oscurantismo y la mentira. Algunos nos tememos que ha ido realmente a aprender algo de una vez. Pero será, en todo caso, lo equivocado. Pienso también en la vicepresidenta, que parece salir triunfadora de esta cuita que se cree liquidada con la desaparición de escena del montaraz y lenguaraz Bermejo. También ella se sorprendería de los aplausos que, en sus propias filas, tan sumisas y obsequiosas, cosecharía o cosechará su propia decapitación. Dicen que el ministro nuevo es un chico de los suyos. Dicen que es amable y conciliador. De ser cierto esto, hay un perfil equivocado, el propio o el del antecesor. Pero da igual. Una vez que todos se han perdido el respeto a sí mismos, los perfiles se difuminan.