Tontiloquismo del miedo

HERMANN TERTSCH
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YO lo que les pido encarecidamente a todos los ciudadanos españoletes que pagan ahora sus impuestos es que no fomenten el mal humor. Los que lo hacemos -vive Dios que no es vocación- somos un poco canallas. Por eso, porque soy un poco canalla, les transcribo parte de un editorial del The Spectator -una revista inteligente de un país aún en gran parte libre-. «He cannot go on borrowing without limit, amassing undreamed-of fiscal deficits in order to mantain inflated levels of public spending. Indeed, the danger point is fast approaching at which the gilts markets will no longer absorb the torrent of new debt, and an IMF bail out will become a serious prospect». Se lo cuento en la lengua que ya está proscrita en media España, en castellano: Si seguimos endeudándonos, nuestros hijos y nietos estarán postrados muy pronto en la puta miseria. Y lo van a pasar más que mal. Así de fácil es el inglés. Miren por dónde. Lo arriba dicho en inglés y tan francamente traducido o destilado a nuestra gloriosa lengua no es una deducción de gran ingenio. Es lo que en este país se ha llamado desde siempre sentido común. Se puede sintetizar incluso más. Viene a ser que el que la hace la paga.

Comprendo que después de oír al presidente del Gobierno ayer en el Congreso de los Diputados, haya suficientes españoles lo suficientemente asustados para pensar que esto no puede ser cierto. Porque nuestro Gran Timonel da bastante miedo. Desde luego a los suyos con mucho éxito. Y a los demás también con bastante efecto.

Porque mucho miedo da ese tontiloquismo con las cosas de comer que despliega el personaje que ha sido elegido para ocuparse precisamente de las cosas de comer de todos los españoles. Si fuera académico de las letras nos traería bastante al pairo el vallisoletano leonés en el que prácticamente todo es mentira. Desde su pasado y el pasado de sus mayores a sus aventuras y a sus facturas. Todo, queridos amigos, es una inmensa farsa que los españoles se zampan con la alegría que les es propia. Por eso el mal humor que fomentamos The Spectator, a veces el The Economist -siempre tan mal aconsejado desde que murió mi padre-, por supuesto yo y algún otro canalla reaccionario, es tan mal visto y digerido. Piensa la inmensa mayoría de este país -nunca condenaré su optimismo insensato- que mientras tengamos todos la peste los arreglos llegan solos. Con paciencia, deudas y grandes dosis de buen humor. En el fondo, el Gran Timonel es el reflejo de toda esta sociedad del buen humor que retoza por España a la espera de tiempos mejores. En todo caso, el espectáculo que dio ayer en el Congreso de los Diputados nos lo tenemos merecido todos. Los hay, por supuesto, que sentimos vergüenza, propia y ajena, ante la charlatanería más propia del presidente del buró político de una república comunista de medio pelo. Pero lo terrible es que, en general, no escandaliza. Y debería dar más miedo ese tontiloquismo enajenado. Debería aterrorizar a cualquier sociedad que se considere medianamente sana.