Editorial ABC

Una tomadura de pelo

La desconfianza mutua entre Sánchez e Iglesias parece irreversible. No tienen derecho a mantener a los ciudadanos en vilo ni a frivolizar con el papel constitucional del Rey

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Las continuas especulaciones sobre la supuesta negociación que el PSOE y Podemos están dispuestos a retomar para investir a Pedro Sánchez se han convertido en una tomadura de pelo a todos los españoles. Haya o no acuerdo final, no procede esta pantomima teatral con la que se intercambian en público falsos gestos, ni el cinismo de ofrecer propuestas programáticas vacías que si fueran sinceras ya se habrían pactado en abril. España lleva cuatro meses en una parálisis absoluta, y todo entre el PSOE y Podemos se ha convertido en una farsa sin el más mínimo respeto por los votantes. No es necesario que PSOE y Podemos mantengan la incertidumbre hasta el 22 de septiembre; al contrario, lo imprescindible es que generen certidumbre de una vez por todas. Su permanente oportunismo táctico causa hartazgo en la ciudadanía, y además Sánchez e Iglesias demuestran que no tienen credibilidad. PSOE y Podemos dicen una cosa y su contraria hasta convertir cada palabra en un guión disparatado. Ayer Iglesias dio por válido el mismo acuerdo de investidura que rechazó en julio alegando que era insultante conceder a Podemos ministerios ornamentales. Lo que no le valía ayer, sí le sirve hoy. Algo intuye Iglesias sobre el pésimo resultado que obtendría en las nuevas elecciones, y algo sospechan los diputados de su grupo sobre las altas probabilidades de que la mitad de ellos pierdan sus escaños… y su cómoda vida en política. Por eso le exigen ceder. Vuelve así la conducta mendicante de Podemos, al tiempo que el PSOE busca excusas para dar por inválida hoy la misma coalición que sí propuso en julio. Todo es surrealista.

En el fondo Sánchez sabe que si acepta una coalición con Podemos, permitirá la resurrección de un partido en estado ruinoso. Y si por el contrario consigue gobernar en solitario, su debilidad será máxima y España quedaría abocada a otras probables elecciones. Por eso es razonable que no crea en Iglesias y sopese ir a las urnas. Pero eso es lo que Sánchez tiene la obligación de aclarar públicamente cuanto antes. Todo este montaje intermedio hasta conocer una decisión final resulta cansino, causa inestabilidad y no sirve ni como entretenimiento para saber quién es más culpable de los dos. No deben abusar de la paciencia de los españoles mientras escenifican una dignidad sobreactuada. Ya es conocido que la desconfianza mutua entre Sánchez e Iglesias parece irreversible, y por eso no tienen derecho a mantener a los ciudadanos en vilo ni a frivolizar con el papel constitucional del Rey. España ya tiene suficiente con que el Parlamento esté inactivo, con el incipiente frenazo económico, con que las renovaciones de órganos constitucionales sigan en dique seco, con el golpe asestado a la financiación de autonomías y ayuntamientos, y con soportar una política-ficción carente de nivel.