Tiempo de traseros

Por Jaime CAMPMANY
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En el pleito parlamentario de los Presupuestos vascos, Gobierno y oposición van de pillo a pillo, o mejor, de pícaro a pícaro. Atucha, o Atutxa, cambia el Reglamento para ganar y sacar adelante los Presupuestos de su partido, y la oposición anuncia la oportuna espantada para dejar al Parlamento sin quorum y frustrar la aprobación. Naturalmente, ese día se organizará el pitote. La protesta parlamentaria tiene rancio abolengo, pero en este tiempo y estas mores está casi llegando a su apogeo. Los bochinches parlamentarios suben constantemente de tono y con frecuencia los diputados autonómicos o los nacionales arman una marimorena que arde el monario, y conste que a estas alturas sigo sin saber a ciencia cierta lo que es el monario.

Hace unos días, se organizó una marimorena de las que digo en el Congreso de los Diputados, a propósito si no recuerdo mal de alguna intervención de Rodrigo Rato, a quien la oposición tiene tan asaeteado como un sansebastián. Y hace sólo unas horas, a Pilar del Castillo, la ministra de mis ojos, la han abucheado y lapidado a denuestos. La han llamado «demagoga», y ahí, que quien esté libre de pecado tire la primera piedra. La han llamado también «prepotente», que quién habló que la casa honró. Y por fin la han llamado «roja», que esto sí que es chocante, como si don Juan Ruiz de Alarcón le llamara chepado al conde de Villamediana. La vida parlamentaria se anima y se nota que estamos en democracia, tan alejados de los cisnes unánimes de las Cortes franquistas.

A lo mejor, en esta escalada de la protesta parlamentaria llega un momento en que la oposición se decide a utilizar la protesta de actualidad, que consiste en enseñar el trasero. Hala, culos al aire, como Maricuela. Tapábase Maricuela y se dejaba el culo fuera. Algunos estudiantes de esos de la protesta se quedaron en la calle con el trasero a la intemperie, que se conoce que es allí donde tienen los argumentos. No es la primera vez ni será la última que una punta de protestantes, ellos y ellas, se colocan en fila, vuelven la espalda al público de la rúe y le muestran el culo. En esta ocasión, los culilindos se bajaban los pantalones tímidamente, casi con decencia, como para que les pusieran una inyección, y sin enseñar el bolo colgando junto a las arracadas. O sea, un destape vergonzante.

¡Pero, hombre, si ahora se enseña el culo con toda naturalidad! Pues si es por protesta, hala, sin restricciones y sin melindres. Los artistas famosos y las actrices famosas, o sus dobles, enseñan el culo en todas las películas, y ya esa parte de su anatomía se ha convertido en una cosa familiar y doméstica. La televisión está poblada de culos, femeninos y masculinos. En cualquier ciudad de Europa, al norte o al sur, lo primero que hacen los contestatarios de la globalización o de cualquier otro episodio, proyecto o decisión, es salir a la calle a culo pajarero. Antes, todo lo relacionado con el culo era más significativo e intencionado, incluso tendencioso. Creo que era Marañón quien le contaba a Pérez de Ayala (o al revés) que a Cipriano Rivas Sherif, secretario y jefe de Protocolo de don Manuel Azaña, le llamaban «Jefe de Protoculo».

Los soldados escoceses, antes de entrar en combate, daban la espalda al enemigo, se levantaban las faldas a cuadros y enseñaban el trasero al enemigo. Aquí, las protestas en los Parlamentos terminarán por hacerse poniendo los diputados y diputadas de la oposición sus culos sobre el escaño, en un «Full Monty» total o en un «Oh, Calcuta» definitivo. Tampoco estaría mal que eso mismo se hiciera en el «banco azul». En estos casos los denuestos serían, por ejemplo: culón, culona, culiseco, culibajo, pedisuelos, esteatopigia, etcétera.