Tibios y Pirómanos

Por FERNANDO FERNÁNDEZ MÉNDEZ DE ANDÉS, UNIVERSIDAD ANTONIO DE NEBRIJA
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LA situación política, lejos de tranquilizarse, se agria a cada nueva oportunidad. Queda mucho tiempo para unas nuevas elecciones, pero vivimos al filo de la navaja. El Gobierno acusa las últimas encuestas, pierde los nervios y enuncia el «prietas las filas, que no se mueva nadie». Sólo así se puede explicar que un hombre normalmente tan ecuánime y ponderado como el vicepresidente económico se lance en público no a criticar al gobernador del Banco de España, lo que sería legítimo y hasta interesante intercambio dialéctico en una economía madura, sino a silenciar a la institución, recordándole que no es independiente. Tantos años predicando la autonomía de la autoridad monetaria, para descubrir que sólo es aplicable a aquellas competencias que ya no ejerce porque han sido trasladadas a Fráncfort; que en todo lo sustancial es un mero apéndice del gobierno al que debe lealtad y sumisión. No sé con qué cara criticaremos ahora al gobernador del Banco de Italia.

El Estatuto catalán lo contamina todo. Ha convertido la política en una escena de cama en la que estás conmigo o contra mí, o adúltero o virgen. Víctimas colaterales de esa actitud, están cayendo las instituciones una tras otra. En lo que me atañe como economista, ya han perecido casi todos los organismos reguladores, puestos, como en los mejores tiempos, al servicio de la causa, de la nobleza de nuestras intenciones y la superioridad moral de nuestros principios. Así han caído el Banco de España, la CNMV, la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones, la de la Energía y el Tribunal de Defensa de la Competencia. Y hasta el Instituto Nacional de Estadística. Cada día nos parecemos más a Italia. Y tiramos por la borda veinticinco años de hacer las cosas bien. Todo por una buena causa, la de reescribir la Historia y acabar con la nefasta Transición.

En lo que me atañe como universitario, ha caído el proceso de convergencia europea, hemos empezado la casa por la ventana y vamos a poner en marcha unos posgrados oficiales sin saber no ya cuáles serán los títulos de grado a los que van a complementar, sino sus directrices, ni siquiera su duración en años académicos. Un auténtico despropósito que sólo se justifica por la necesidad de correr hacia ninguna parte para poder modificar lo anterior sin meterse en demasiados líos. Una vez más, como con la Ley de Educación, o con el lugar de la Iglesia católica en la sociedad española, hay que acabar con esa nefasta manía de la Transición de escribir las reglas de juego por consenso.

El Gobierno no está solo en su esfuerzo. Por mucho que a él le competa una especial responsabilidad como hacedor último de la agenda política. Porque a pesar de la que está cayendo, en términos meteorológicos, el Partido Popular le ha cogido gusto a la calle y ya nos convoca a una nueva concentración el día 3 de diciembre. Una concentración innecesaria, por prematura y manipulable. Es prematura porque ya sabemos que el Estatuto catalán no va ser aprobado nunca en su redacción actual, pero desconocemos los cambios a aplicar. Podemos desconfiar de que sea posible modificarlo hasta hacerlo sensato, lo que es más difícil que hacerlo constitucional porque se inscribe en la lógica falaz de la regresión centralista cuando en estos años del Estado de las Autonomías lo que ha desaparecido de grandes zonas de España es el Estado central. Por ejemplo, el idioma perseguido y amenazado hoy de extinción es el castellano, a pesar de lo que dice el artículo 2 de la Constitución. Realidad que le ha permitido a la Comisión Europea proponer una reducción en el número de traductores e intérpretes, para regocijo de algunos y escarnio de todos. Pero aun así, no sabemos a qué nos llaman a oponernos en la Puerta del Sol. Y el «venid a gritar contra el Gobierno» no es un buen eslogan para una oposición responsable. Darle una alegría al cuerpo no es una estrategia política sofisticada ni una táctica inteligente a tantos meses de las próximas elecciones. Y es prematura, además, porque es posible, me temo que probable, que haga falta una gran manifestación, esta vez sí, para oponerse a lo que pueda salir de la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados. Pero para entonces convendría haberse cargado de razón, a base de diálogo y denuncia firme. Y no conviene constiparse con tanto griterío en invierno.

Es también una convocatoria manipulable. Ya ha sido manipulada como un ataque a Cataluña. Exactamente lo que se decía durante el franquismo. Curiosa coincidencia argumental que no debería sorprender a nadie porque franquistas y nacionalistas viven la misma ficción, la del Imperio hacia Dios. Pero no puede el PP sorprenderse de esta manipulación después de llevar meses denunciando el giro nacionalista del PSC y la confusión entre sus intereses y los de todos los catalanes. Le convendría al PP un poco más de sutileza. Como exhibió Florentino Pérez cuando dejó de convocar a los ultrasur para ganarse la confianza de la UEFA. Y exactamente como ha dejado de usarla Laporta, embriagado por el indudable éxito futbolístico hasta poner el club al servicio del nacionalismo militante.

Un partido que aspira a representar y liderar el centro derecha español no puede ceder a comprensibles tentaciones emocionales. Su expulsión del poder al infame grito de asesinos todavía resuena en los oídos de muchos honrados y diligentes militantes populares. Es humano que quieran darse un baño de multitudes para mejorar su autoestima y recuperar una sensación de complicidad cotidiana que habían perdido con los salvajes atentados del 11-M. Pero no es inteligente. Alguien puede estar contento con que Carrillo no pueda recibir tranquilamente un doctorado «honoris causa» cuando hace años recibió el premio Abril Martorell a la Concordia. Los mismos que expulsaron al ex embajador israelí Slomo Ben Amí de la Universidad de Valencia al grito de asesino y racista. Los totalitarios de siempre; los revanchistas que quieren reabrir la Transición tantas veces como sea necesario hasta que ganen ellos. Los que desconocen que la historia de las grandes naciones no tiene vencedores ni vencidos, sino patriotas silenciosos y lecheros a media mañana. El Partido Popular no puede estar entre ellos. Si el PSOE se dejar llevar por pura aritmética electoral, allá él. Acabará pagando la factura. Mientras tanto, practiquemos la templanza, aunque nos acusen de tibios. Ya hay demasiados pirómanos.