La tercera vía de Lula

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EL pasado viernes, George W. Bush recibía en la Casa Blanca -con un despliegue protocolario reservado hasta entonces a Canadá y México- a su homólogo brasileño, Luiz Inacio Lula da Silva. El sindicalista del Partido de los Trabajadores, creador y animador del Foro Social Mundial, bestia negra del neoliberalismo, amigo y antaño admirador de Fidel Castro, vehemente opositor al imperialismo yanqui, entraba con alfombra roja en el símbolo planetario del poder unilateral y salía como un socio dispuesto, en sus propias palabras, «a sorprender al mundo con la nueva relación entre Estados Unidos y Brasil».

¿Cuál ha sido la metamorfosis de Lula en los apenas seis meses de Presidencia brasileña? Lula ha pasado de calificar la Asociación de Libre Comercio de las Américas (ALCA) -patrocinada por Estados Unidos para crear un mercado libre desde Alaska a Tierra de Fuego- como una «anexión» de Washington a prometer a Bush en el Despacho Oval que Brasil estará listo para integrarse en él en enero de 2005. El pragmatismo del presidente brasileño le ha hecho comprender a velocidad meteórica que su sueño de acabar, o por lo menos, limar las enormes desigualdades sociales de su país pasa por fomentar el empleo, crear riqueza con la iniciativa privada y la pequeña y mediana empresa y asegurar al capital extranjero que el Gobierno brasileño da estabilidad y un marco jurídico transparente a sus inversiones.

Políticamente, Lula no tardó en despejar los temores sobre el papel que pensaba jugar en América del Sur. Cuando el presidente venezolano Hugo Chávez y su mentor, el dictador Fidel Castro, viraron la vista hacia el nuevo presidente brasileño para que influyera y modificara la composición del Grupo de Amigos de Venezuela que debía poner fin a la crisis de ese país, Lula les dejó en evidencia y se negó públicamente a incluir a Siria o Rusia, como pretendían Chávez y Castro para hacer de contrapeso al papel de EE.UU. o España, presentes en el Grupo.

ECONÓMICAMENTE, Lula ha apostado por la integración de las economías regionales desde su llegada a la Presidencia brasileña, impulsando el mortecino Mercosur como pilar de la estabilidad en la zona y activador de las economías nacionales. Su programa «Hambre Cero», que incluye medidas para mejorar la nutrición de la población, el acceso a la sanidad y la educación y la creación de oportunidades de empleo, no podrá salir adelante sin ayuda internacional. Y Lula lo sabe. Por ello, salió de la Casa Blanca el pasado viernes con un acuerdo personal de Bush de apoyarlo: varios ministerios estadounidenses, así como la Agencia para el Desarrollo Internacional, compartirán tecnologías y aportarán entrenamiento a expertos brasileños para mejorar la eficiencia de sus programas, y llevarán a cabo un importante plan de colaboración en la lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria. Por ello, a Lula no le duelen prendas en acudir a cuantos foros «capitalistas» le inviten, ya sea el de Davos, horas después de participar en el «contraforo» de Porto Alegre, o en la última cumbre del G-8 en Evián. Y eso no es incompatible con haberse opuesto vehementemente a la intervención en Irak.

Buena muestra de la sorpresa que ha propiciado Lula con su gestión de estos seis meses de Gobierno es que el director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional, Horst Köhler, ha pasado de ver al sindicalista como un enemigo a patrocinar su figura como un ejemplo: «Argentina debe imitar el «modelo Lula» -acaba de decir Köhler en Buenos Aires-: combinar la economía de mercado con una mayor atención a la igualdad social». Unas palabras impensables hace un año.

Y por si la sentencia del «pope» del capitalismo mundial no fuera suficiente, nada menos que Anthony Giddens, el creador de la Tercera Vía, se ha sumado al coro de quienes asisten felizmente sorprendidos a la labor del presidente brasileño. Ayer, en una entrevista al diario argentino «Clarín», Giddens sentenció que Lula avanza hacia «una izquierda responsable. Latinoamérica se mueve hacia posiciones menos neoliberales, que yo aplaudo calurosamente en tanto no implique un regreso a la vieja izquierda». Y añade que el trabajo de Lula, junto al argentino Kirchner y al chileno Lagos, supone una nueva oportunidad para Suramérica. Una Tercera Vía para la esperanza.