Tenemos lo que merecemos

CUANDO hace una semana ABC desvelaba que emisarios del Gobierno español se

POR JUAN MANUEL DE PRADA
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CUANDO hace una semana ABC desvelaba que emisarios del Gobierno español se habían reunido con etarras en una capital europea para pactar el procedimiento que los batasunos habrían de seguir para concurrir en las elecciones municipales me quedé escalofriado. Aquello era demasiado fuerte, demasiado obsceno, incluso para los estómagos más estragados. Pensé que si la información resultaba falsa mi periódico tendría que enfrentarse a un baldón que dejaría maltrecho su crédito; imaginé al presidente del Gobierno o al ministro de Interior convocando una rueda de prensa para desmentir solemnemente unas revelaciones que comprometían el honor del Estado. También pensé que, si la información resultaba cierta, la anestesiada sociedad española se removería en su letargo, asqueada ante la magnitud de la traición. Porque lo que ABC denunciaba en aquella noticia era, lisa y llanamente, una traición: tres meses después de que los etarras asesinaran a dos personas, poniendo fin a un «alto el fuego» que nunca fue tal, el Estado español claudicaba ante los pistoleros y se avenía a un apaño para que pudiesen volver a disfrutar de las ventajas de la representación popular. Ilusamente, creí que la sociedad española no podría transigir con tanta ignominia.

Por supuesto, me equivocaba. El gobierno de Zapatero no desmintió la información desvelada por ABC, tan comprometedora para la dignidad de las instituciones; incluso consiguió, con la connivencia de la prensa adicta, que la noticia no adquiriese demasiado vuelo. Y tampoco la sociedad española se galvanizó con ese natural movimiento de repulsa que presumimos en las sociedades sanas, sino que permaneció plácidamente instalada en un estado de marasmo al que algunos llaman cínicamente «normalidad democrática». Lo mismo ha ocurrido cuando un boletín etarra nos ha descubierto que los socialistas mantuvieron durante años repetidas reuniones clandestinas con los batasunos, mientras posaban ante la galería como firmantes del Pacto Antiterrorista, mientras los etarras seguían metiendo plomo en las nucas. Requerida por los periodistas para que explicase si tales reuniones se habían en efecto producido, la vicepresidenta del Gobierno se ha escaqueado de forma vergonzante y vergonzosa, justo después de proclamar pomposamente que los políticos están obligados a responder cuando se les pregunta, aunque sea sobre chismes. Pero el silencio de unos gobernantes a los que no basta con revolcarse en el cieno de la indignidad, sino que además usan a guisa de salvavidas el honor de las instituciones del Estado, no es tan nauseabundo como la pasividad de una sociedad que se mantiene impertérrita ante episodios de tanta inmundicia, preocupada tan sólo de mantener el buche lleno, preocupada de seguir disfrutando de la bonanza económica, una sociedad que ha vendido en almoneda sus convicciones y chapotea en las cloacas de un risueño pancismo.

Todavía hay quienes, errando el diagnóstico, siguen empleando la etiqueta burlona de «presidente por accidente» para referirse a Zapatero, como si el susodicho fuese una especie de meteorito que aterrizó en la vida pública española llegado del espacio exterior. Nada más alejado de la realidad: Zapatero es la quintaesencia de la sociedad española, su expresión más nítida, su emblema más representativo. Zapatero es el producto de la sociedad española: dimisionario, claudicante, dispuesto a vender su primogenitura por un plato de lentejas, dispuesto a comprometer lo que haga falta con tal de espantar las preocupaciones que sólo admiten una solución enérgica y mantenerse aferrado a la poltrona, náufrago del relativismo y la delicuescencia y, por supuesto, rezumante de rencor, el rencor de quienes en el fondo se avergüenzan de lo que son pero temen que se lo recuerden. Y la sociedad española, que también teme que le recuerden el estado de postración moral en que se halla, que no soporta que la distraigan de su borrachera de prosperidad, hace oídos sordos ante la vergüenza y se tapa las narices ante tanta pestilencia. Tenemos lo que nos merecemos; pero algún día no muy lejano acabará el festín, y todos estaremos para entonces rebozados de mierda.