Templos

Como en el cantar machadiano, bajo el teatro del incendio yacen ascuas verdaderas

Jon Juaristi
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EL santuario dedicado a Artemisa o Diana en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo, fue incendiado en 356 a.C. por Eróstrato, un pirómano imbécil que deseaba (y consiguió) pasar a la Historia por sólo esa hazaña. La misma noche en que ardió el templo nació Alejandro Magno, iniciador de la reconstrucción que no concluiría hasta después de su muerte, acaecida treinta y tres años después, a la edad de Cristo. La culminó el macedonio Dinócrates, planificador de la Alejandría egipcia. De Alejandro dicen las tradiciones judía e islámica que se convirtió al monoteísmo tras visitar el Templo de Jerusalén, que su general Antíoco Epifanes había petado de imágenes de dioses olímpicos. A Alejandro lo llama el Corán

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