Temible doctor Sánchez

En épocas corrompidas como la nuestra, el impostor puede obtener prebendas que le son negadas al hombre de valía

Juan Manuel de Prada
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Se han hecho muchas glosas jocosas de la metedura de pata del doctor Sánchez en un besamanos palaciego. En cambio, no se ha comentado apenas su reacción cuando un ujier se le acerca, para advertirle de su desliz. Cualquier persona hubiese reaccionado con bienhumorado atolondramiento, se habría ruborizado o reído de su torpeza, habría hecho un aspaviento zangolotino, se habría golpeado la frente o tapado la boca con una mano para quitar hierro a la cagada. Pero el doctor Sánchez formula primero una brevísima sonrisa forzada; y enseguida su rostro se crispa con una mueca de rabia mal contenida. Es la expresión viva del resentimiento, que Unamuno consideraba el más grave de los pecados capitales, aunque no figure entre los siete canónicos.

Observaba Gregorio Marañón en su Tiberio que el resentimiento es achaque propio de hombres cobardes, pues el hombre vigoroso reacciona con directa energía ante la agresión y así expulsa sanamente el agravio de su conciencia. Pero si estos hombres cobardes -añade Marañón- «alguna vez alcanzan a ser fuertes, con la fortaleza advenediza que da el mando, estalla ardientemente la venganza, disfrazada hasta entonces de resignación. Por eso son tan temibles los hombres débiles y resentidos, cuando el azar les coloca en el Poder». ¡Temible doctor Sánchez!

Marañón prueba también a explicar la etiología del resentimiento, en donde siempre suele encontrarse un desaire, un fracaso, un complejo nacido de algún defecto físico. En cambio, no repara en la forma más misteriosa y acongojante de resentimiento: el resentimiento de esas personas como el doctor Sánchez, sin virtudes ni méritos de excepción, que han recibido de la vida un trato benévolo que no encuentran personas infinitamente mejor dotadas y, pese a ello, en lugar de mostrarse agradecidas, a duras penas logran esconder su desabrimiento y acritud. ¿Cómo se explica que alguien tan aupado por la fortuna como el doctor Sánchez esté devorado por el resentimiento, que a veces se expresa como rabia supurante (como ha ocurrido en su metedura de pata palaciega) y otras de forma meliflua y sibilina, como envuelto en gasas y tules?

En épocas corrompidas como la nuestra, en que todas las jerarquías han sido subvertidas, el impostor puede obtener prebendas que le son negadas al hombre de valía. Pero ni siquiera una época como la nuestra puede otorgar al impostor la felicidad y la paz íntimas. El impostor, allá en los adentros de su conciencia, está descontento de sí mismo, se siente siempre escrutado por ojos invisibles que señalan y se carcajean de su impostura. Aunque esté cegado por la soberbia, una voz interior lo reconcome, como a Macbeth (a quien las brujas le dijeron: «¡Tú serás rey!») y lo despierta en medio de la noche, para susurrarle: «¡Tú ocupas el trono, pero no eres rey!». De ahí su resentimiento, devorador como la fiebre; de ahí que se le avinagre la cara, cuando le señalan un venial desliz; de ahí su malhumor hacia los otros, que es descontento íntimo hacia sí mismo. El impostor sabe que se ha alzado sobre falsos andamios; y su triunfo mendaz lo arroja al foso del resentimiento, como un anticipo en vida del infierno. Pues en vida ya está pagando con réditos terribles las victorias logradas arteramente, los doctorados amañados, las presidencias alcanzadas mediante turbias colusiones. Quisiera gritar su rabia a los cuatro vientos, para tapar esa voz secreta que le susurra su impostura, pero tiene que conformarse con guardar el resentimiento en su corazón, como una reliquia agusanada, como una pata de pollo fiambre que se pudre y engarfia mientras le siguen creciendo las uñas.

Juan Manuel de PradaJuan Manuel de PradaEscritorJuan Manuel de Prada