Supramirafiori

Monedero sigue de gira como especialista aficionado en gestión de crisis para arreglar lo de Casapagar

Rosa Belmonte
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Todos estamos a dos errores de acabar mendigando en la calle, dice el personaje de una novela policíaca de J. K. Rowling cuando se disfraza de Robert Galbraith. Lo mismo, en sentido contrario, sostenía mi empresaria favorita: hace dos generaciones estábamos todas en el bancal. O en la chabola, según Monedero. «¿Qué pasa? ¿Que tenemos que vivir en chabolas como en los años 70 porque eso nos haría más de izquierdas?». Monedero sigue de gira como especialista aficionado en gestión de crisis para tratar de arreglar lo de Casapagar. Y no da abasto con los de fuera y los de dentro. De los anticapitalistas: «A veces cometen el error de creer que son revolucionarios, pero lo que son es revoltosos». Lo que deberían saber unos y otros, como recuerda Alan Moore en «From Hell», es que la clase obrera no quiere la revolución, quiere dinero. Como Zaplana, que ha venido a distraer de la cosa inmobiliaria pequeñoburguesa y el plebiscitito. Ese Zaplana que no necesita hipotecas para comprar casoplones. Ese Zaplana cuya detención ha provocado la mayor rapidez que se recuerda en el PP a la hora de suspender a alguien de militancia y en Telefónica a la hora de suspender a alguien de empleo y sueldo.

Mientras, el Supramirafiori… (yo había calificado a Torra de Supermirafiori por creerse el presidente catalán 131 y David Breijo me apuntó que mejor Supramirafiori, y sí). Por la mañana, Torra había preguntado en la radio cuáles eran los problemas jurídicos para que Rull y Turull tomaran hoy posesión. El juez Llarena le contestó denegándoles la libertad provisional indefinida. Una vez participé con Alberto Rey en una mesa redonda sobre series. Había bastante público. Luego nos enteramos de que eran presos a los que habían sacado de la cárcel para ponerlos de relleno. Eso es lo que hace el Supramirafiori. Pero para formar gobierno. Torra está muy dolido con que se descontextualicen sus escritos y acabe pareciendo un racista. «Coja la obra de Pla, busque extractos de Pla y crearemos a un monstruo de Pla». Venga, por ejemplo: «Cataluña tiene un exceso de ácidos en el estómago» («Cartas de lejos»). O «En este país encontrar una persona que no habla es muy agradable» («Contrabando»). Más: «A medida que la vida pasa, se da uno cuenta de la importancia del aburrimiento» («Cinco historias de mar»). En la Cataluña y en la España de hoy Pla no se habría aburrido. A Torra le ha molestado lo de Pedro Sánchez: «Tan ultraconservador y racista es Vox como el señor Torra». Lo de Vox le ha parecido «un insulto terrible». Yo lo compararía con Soy una pringada, con Esty Quesada. En una entrevista con Lorena G. Maldonado, decía que Puigdemont le parecía «lo más». «Independientemente de lo que haya hecho, es muy guay hacer cosas ilegales. De repente, vamos a hacernos independientes sin decírselo a nadie, y luego se escapa en plan, “uy, aquí no ha pasado nada, adiós”, y deja Cataluña ardiendo». Pero mejor es que se pusiera seria para la foto con un «Aquí hemos venido a destruir». Como Torra.

A Soy una pringada, Pablo Iglesias le parece «un poco meme antes que político». Meme y memo con lo de la casa. Otro guantazo desde dentro le ha llegado de Jorge Verstrynge: «No hay que opinar sobre todo ni denunciarlo todo. Hay que tener cuidado y mover siete veces la lengua en la boca». Lo dice nuestro Juan Bragas de Pipaón (o de Galdós en «Memorias de un cortesano de 1815»). Nuestro Manolo Vivar (o de Vizcaíno Casas en «De camisa vieja a chaqueta nueva»). Pero Verstrynge ha hecho el camino en el sentido contrario, hacia el bancal.

Rosa BelmonteRosa BelmonteArticulista de OpiniónRosa Belmonte