David Gistau

Stones

David Gistau
Actualizado:

En el riguroso turno de catalizadores democráticos que lo dejan todo como lo encontraron, a Cuba le correspondía ser salvada la semana pasada por los Rolling Stones. De la misa oficiada por el Papa en la plaza de la Revolución al concierto tocado por los Stones en la Ciudad Deportiva de La Habana, pasando por el show a lo «Ich bin ein Habaner» de Obama cuando Raúl Castro le subió el brazo de parar taxis como en el primer movimiento de una llave de judo o en las torsiones necesarias para vestir un maniquí de escaparate. En lo que respecta a máximas autoridades espirituales, con esta tripleta ya hemos enviado todo lo que teníamos. Si no basta y la Transición se encasquilla, ya sólo nos queda mandar a Messi.

No envíen a Paul McCartney a La Habana, que nos perpetúa el comunismo

A una edad bastante tardía, los Stones han conseguido en La Habana dos cosas que me parecen igual de importantes. La primera: posteridad, gimnasia de la conciencia, narcisismo histórico, sentido de pertenencia a un acontecimiento del que hablarán los libros. Cosas que ya no pueden procurarles los conciertos rutinarios por culpa de los cuales a veces se despiertan en Milwaukee creyendo estar en Viena, y lo que es peor: saludan con un «Hello, Vienna» a los naturales de Milwaukee. De pronto, un concierto no lo es solamente, porque también es una misión redentora en el mismo corazón del hermetismo que jamás fue penetrado por el «rock’n’roll». Me estoy imaginando a Mick Jagger, en el bar de Chelsea que frecuenten los rockeros «chic», cuando vea entrar a Sting y se burle de él porque los Stones vienen de solucionar una dictadura gerontocrática mientras que Sting jamás pasó de la deforestación amazónica: «¡Chúpate esa, Sting! ¡Haber llegado primero!».

La segunda cosa que los Stones consiguieron en La Habana es mucho más insólita: un público que no conocía sus canciones. Que no era capaz de acompañar el estribillo. Un público occidental, es decir, no compuesto por alienígenas, que en 2016 escuchó, por primera vez en su vida, «Satisfaction» y «Jumping Jack Flash». Canciones que a nosotros se nos hicieron hace mucho tiempo reiterativas hasta el hartazgo y que en La Habana constituyeron el asombro en el encuentro de dos mundos que lo ignoraban todo el uno del otro. Creo que cualquiera que haya viajado a La Habana y mantenido allí conversaciones habrá quedado impresionado por la ingenuidad casi infantil de las preguntas que le hacían a uno personas inteligentes pero carentes por completo de información exterior. En el apagón informativo de la isla, había personas que cada día descubrían por sí mismas que la Tierra «es redonda como una naranja», como en «Cien años...». Pero esto de las canciones es una verdadera proeza. Haber logrado que cientos de miles de personas crezcan sin entrar en contacto con una canción de los Rolling Stones es haberlas mantenido en un aislamiento equivalente al que procuran las mazmorras. Mazmorras donde caben sociedades enteras. No envíen a Paul McCartney que nos perpetúa el comunismo.

David GistauDavid GistauArticulista de OpiniónDavid Gistau