Sorbete de humo

IGNACIO CAMACHO
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QUIZÁ Ferran Adriá fuese cocinero algún día, allá en sus inicios, pero luego se ha convertido en una especie de metafísico, como Ortega y Gasset o el ministro Gabilondo; un alquimista que deconstruye la naturaleza de las cosas y enseña una filosofía juguetona a través de texturas comestibles que hay quien contempla como imaginativas travesuras hedonistas cuando en realidad se trata de una abstracción ontológica. Un hombre que sirve de comer un sorbete de humo no puede ser más que un filósofo que sitúa al comensal ante la trascendental paradoja de la materia y le cobra 250 euros por impartirle una lección práctica sobre el ser y la nada. Existencialismo puro.

El anunciado cierre de El Bulli, esa Academia platónica de la gastronomía posmoderna, viene a ser una consecuencia lógica de la evolución de su creador hacia la condición de gurú de la taumaturgia, que necesita de todo su tiempo y energía para consagrarse a la investigación y la divulgación de su gnosis elaboracionista. Con su patafísica -ciencia de las soluciones imaginarias, según Jarry- tecnoemocional de liofilizados moleculares y nitrógenos, Adriá ha alcanzado una notoriedad tan intensa y universal, una aclamación tan expectante y solicitada que acaso ya no pueda entretenerse en la prosaica dirección de un restaurante, por especial que sea. El Bulli, con sus camareros que parecen monjes de una religión iniciática y su batallón de nigromantes en las cocinas, se había convertido en el decorado de un sofisticado espectáculo de gran intensidad dramática, enorme potencia sensorial, humor paradójico, sorpresivo efectismo y compleja puesta en escena, que reclama una atención incompatible con el apostolado universal al que la gloria mediática ha arrastrado a su visionario dueño. De alguna manera es probable que Adriá se haya, si no cansado, sí aburrido de su obra maestra, y llevado de su aguda, fecunda intuición anticipativa ande buscando nuevos espacios, modalidades o ámbitos en los que proceder a una creativa reconversión no sólo de su negocio, sino incluso de sí mismo.

En cualquier caso, el anuncio del cierre diferido en 2012 contiene un ingrediente de expectación que testimonia el singular talento para el marketing de este reputado brujo de los fogones. Esos dos años de cuenta atrás van a hacer de El Bulli, más de lo que ya lo era, el centro de una privilegiada peregrinación que ahora estará rodeada de un nimbo elegíaco, del aura melancólica de lo terminal. Su hermética lista de espera va camino de convertirse en la ascensión simbólica a un perecedero Shangri-lá del hedonismo. En la sociedad de la masificación, Adriá maneja con maestría la batuta de un sentimiento de pertenencia selectiva. Y a los elegidos les recuerda la futilidad de la existencia con la irónica metáfora de un néctar de pétalos o un sorbete de humo.