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Pedro Sánchez ha recibido la lección más dura de su azarosa vida: nadie da nada gratis

José María Carrascal
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Las primeras banderillas se las plantó Rivera, al preguntarle si estaba dispuesto a dimitir en caso de que los líderes socialistas andaluces fueran condenados por los ERE. La confusión de Sánchez fue tal que se olvidó de responder. El estoque se lo clavó Iglesias al advertirle que sin ellos «nunca sería presidente». Y el arrastre estuvo a cargo de Rufián, el que no iba a poner obstáculos a su investidura, al preguntarle despectivamente «¿qué hace requiriendo la ayuda del PP y Cs, olvidando a Cataluña» y advirtiéndole que tiene 48 horas para cambiar si no quiere cosechar en la segunda sesión de investidura lo que en la primera: un no rotundo del nacionalismo catalán. En la mitad de ese tiempo,

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