El fin del socialismo democrático

Sus votantes huyen hacia la derecha, salvo en España, donde ya son chavismo

Hermann Tertsch
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Se hunden los partidos socialistas en Europa. En el este del continente son ya marginales. En los países occidentales en los que han sido el gran partido de continuidad histórica en el siglo XX, luchan en pleno naufragio. En Francia, el partido quedó mortalmente herido en las pasadas presidenciales y vende ya sus sedes incapaz de mantenerlas. En Italia, tras la desaparición del PSI es ahora el PD el que se desliza hacia el sumidero ante el proceso general que se percibe en todo el continente, la polarización que lleva al votante de izquierda a buscar una opción radical izquierdista o una opción de derecha nacional. Alemania asiste a un gran drama con su partido socialista SPD, que parece entrar en definitiva agonía. «Este partido está acabado» sentenciaba ayer el semanario socialdemócrata Spiegel. Su previsión de voto es ya inferior al que tuvo en las elecciones de 1933 que ganó Hitler. Entonces logró el 18%. Y en toda Alemania oriental ya está por detrás el partido derechista de Alternativa por Alemania (AfD). Los votantes socialdemócratas se pasan en masa a ese nuevo partido que hace seis años no existía y hace un año irrumpió en el Bundestag, nada menos que con 94 escaños.

Las iniciativas del SPD explican lo que le pasa a la izquierda democrática desde hace ya tiempo. Mientras los alemanes viven alarmados por los efectos de la inmigración, la subida de alquileres y otras incertidumbres, el SPD en Berlín demanda pornografía feminista en las televisiones públicas para compensar la pornografía machista y con roles clásicos. Mientras sus votantes tradicionales sufren con horror el colapso de servicios, el fin de la tradicional seguridad y la convivencia, el SPD luchaba esta semana por destituir al jefe de los servicios de información interior Hans Georg Maassen, por «derechista». El discurso del SPD se ha convertido en puro izquierdismo de género, multiculturalismo agresivo y radicalismo cultural y activismo antifascista de asamblea universitaria. El excitante está por otros lares. Y cada vez más lejos.

En Austria pasa otro tanto. El jefe del partido, el excanciller Christian Kern, ha tirado los trastos y quiere huir a Bruselas porque su partido ya no es opción de gobierno. Lo motivos son similares. En Austria ni siquiera hay un democristiano como la CDU de Merkel que le dispute la política socialdemócrata. En Austria gobierna un bloque de derecha con una amplia mayoría. Los socialistas andan más preocupados en perseguir y criticar a una militante propia, maestra de escuela, que publica un libro -titulado Kulturkampf, «Lucha de culturas»- que relata lo que sucede en las aulas de los barrios obreros con el terror, intimidación y violencia de adolescentes musulmanes. Y niños condenados a no tener ni educación ni esperanza porque sus maestros solo ejercen de policías y mediadores en la guerra en las aulas. Miembro del SPÖ la autora, la única preocupación del partido era que no se publicara porque «fomenta la xenofobia». Cuando unos partidos declaran que la verdad es racista o fascista y todo ciudadano que se atreve a defenderla y proclamarlo lo es también, el lógica la deserción de sus votantes, al menos de los menos ideologizados. Eso podría pasarle a Pedro Sánchez si le castigaran sus mentiras, sobre su tesis, sobre las elecciones, sobre sus alianzas y sobre sus intenciones. Pero en España la alternativa a la socialdemocracia que han ejercido PP y PSOE no parece ser aun la derecha nacional sino la izquierda chavista de un Frente Popular. O quizás no. Quizás tema Sánchez otra cosa y por eso tiene secuestradas las elecciones que los españoles piden.

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