Sobre la corrupción

JOSÉ MARÍA CARRASCAL
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Nueve políticos de Santa Coloma de Gramanet procesados, veinte, en El Egido, un número indeterminado en Mallorca, Madrid, Valencia, Canarias, Andalucía y, prácticamente, todas las Comunidades. Cargos: cohecho, tráfico de influencias, falsificación de documentos, apropiación indebida y otros por el estilo. La buena noticia es que la ley les exija cuentas. La mala, lo fácil que les ha sido durante todos estos años burlarla. La corrupción empieza a llenar la escena política española como una niebla, impidiéndonos ver claramente los perfiles y robándonos, junto al dinero, tiempo y energías para los problemas realmente importantes, como la crisis económica, hasta el punto de que otro de los problemas más urgentes sea impedir que los jóvenes se habitúen a ella y los mayores pierdan la confianza en el sistema, desvinculándose de él, hartos de que «todos los políticos son unos ladrones.» ¿Estamos todavía a tiempo de impedirlo? Sí, pero de continuar las cosas como van, no por mucho tiempo. Y nos estamos jugando la democracia.

Son ya bastantes los que piensan que en una democracia hay más corrupción que en una dictadura. Tremendo error. Lo que ocurre es que en la democracia «se ve más». Mientras la dictadura la oculta, como el enfermo sus llagas. Aparte de que la dictadura es ya de por sí una corrupción, al haber secuestrado la libertad de decidir de los ciudadanos, depositándola en un solo hombre o partido. O sea, que la corrupción en una dictadura está en el propio sistema, mientras en la democracia, está en los corruptos. No siendo de recibo achacarla a la «débil naturaleza humana». En esa altiplanicie alcanzada por las sociedades civilizadas que es el Estado de Derecho, no hay otro refugio para las «debilidades humanas» que la compasión, pero nunca la tolerancia cuando estas debilidades violan las normas de convivencia. Como tampoco sirve de excusa la frecuencia de tales violaciones. El número de corruptos no legaliza la corrupción. Es incluso posible que la corrupción a gran escala no sea más que la lógica extensión de corruptelas aceptadas en el ámbito particular. Es decir, que la pequeña corrupción sea el caldo de cultivo de la grande. En este caso, estaríamos ante una sociedad corrompida hasta el tuétano, aparentemente civilizada, pero que de hecho se rige por la ley de la selva, en la que el más fuerte se come al más débil sin ninguna clase de miramientos. De «contrato social», de «compromiso ético», de «solidaridad ciudadana», por tanto, ni lo más mínimo. Atención, por tanto, a la pequeña corrupción o a la indiferencia ante ella. «El mal entra como una aguja y se ensancha como un árbol,» dice un refrán etíope. ¿No estamos teniendo abundantes ejemplos de ello en España?

Hay también quien diferencia entre la corrupción para aumentar la riqueza y la corrupción para aumentar el poder. Sugiriendo que la segunda es disculpable, porque, a fin de cuentas, el objetivo de todo político es alcanzar el poder máximo. No estoy del todo de acuerdo con tal teoría, ya que las normas hay que respetarlas siempre, y la corrupción no las respeta nunca. Aparte de que, una vez obtenido el poder, la riqueza viene por sí sola. Hay pocos poderosos que mueren en la miseria.

Como tampoco hay demasiada diferencia entre el corrupto y el que lo tolera, y no digamos ya, con el que le apoya de algún modo, aunque sea sólo haciendo la vista gorda. «Tan ladrón es el que sostiene la escalera como el que entra a robar» dice otro refrán, éste, alemán. O el que, presenciando el escalo, no avisa a la policía. Pero ¿y si el avisar a la policía no sirve de nada, porque el ladrón estará en la calle al día siguiente?, puede preguntarme algún lector. Entonces, estaríamos ya ante un problemazo, al significar que la corrupción se ha metastasificado en el organismo social, y va a ser muy difícil extraerla de él, a no ser que se eche mano de remedios drásticos, como el bisturí.

Pero estamos dando demasiadas vueltas al toro de la corrupción y es hora de cogerle por los cuernos. Ante todo, ¿qué es corrupción? El diccionario de la RAE la define como «el comportamiento poco honesto o ilegal de una persona con autoridad o poder». La corrupción, por tanto, se da entre quienes tienen poder o autoridad. Pero para que haya un corrupto, se necesita que haya un corruptor. Es decir, que a la sociedad le corresponde también un papel en esas prácticas ilegales. Papel que puede ser activo o pasivo: el de quienes compran a alguien con poder o autoridad y el de quienes no se rebelan contra ello, ya aceptándolo como los desastres naturales, ya porque esperan que algún día, de algún modo les beneficie. Con lo que del lugar común «todos los políticos son unos sinvergüenzas» pasamos al «todos somos sinvergüenzas potenciales». Lo que tampoco es verdad. Sigue habiendo personas decentes, incluso entre los políticos, lo que ocurre es que tales personas han sido arrolladas por la avalancha de oportunistas que últimamente han irrumpido en la política sólo para medrar. Urge expulsarlos de ella y la única forma es usar todos los instrumentos que la ley ofrece, siendo los verdaderos políticos los más interesados en expulsarlos, especialmente de su partido. Para ello, se necesitan una serie de cambios estructurales que hagan la corrupción, no imposible, siempre la habrá, pero sí más difícil y, en cualquier caso, más punible. Me refiero a:

-Las normas de entrada y salida de la política, estableciéndose periodos más amplios entre ésta y las actividades privadas, prohibiéndose taxativamente compartirlas. Como no se trata de dejar a nadie sin medios de vida, podría establecerse un sueldo para este periodo.

-Los ingresos de los políticos tienen que estar mucho más controlados de lo que están. No basta declarar el sueldo, hay que explicar los «extras», a fin de que haya la garantía de que no son por trabajos que nada tienen que ver con su labor legislativa o ejecutiva.

-Dejar a los partidos que vigilen a los políticos (sobre todo a los suyos) es como dejar a las cabras al cuidado del huerto. Sin que las comisiones parlamentarias de investigación sirvan para otra cosa que convertirse en campos de batalla, cada uno en defensa de los suyos, tengan o no razón. Se necesita, por tanto, crear comités éticos independientes, que estudien y decidan las posibles irregularidades. El problema, lo reconozco, va a ser encontrar personas realmente independientes.

-Puede que lo más urgente sea regular la financiación de los partidos -¡esas condonaciones de deuda por parte de los bancos! ¡Esas cuentas que nadie examina!- pero, sobre todo, de los ayuntamientos, todos ellos endeudados hasta las cejas, al exceder sus gastos con mucho a sus ingresos. Lo que les obliga a buscarse ingresos por otra parte, la recalificación de terrenos especialmente, de donde surge la corrupción en la mayoría de los casos. Hay que proveer a los ayuntamientos para sus gastos, procurando, eso sí, que no se lo gasten en fiestas y viajes.

Sé que es muy fácil ofrecer estas fórmulas, y muy difícil llevarlas a la práctica. Pero algo hay que hacer antes de que la corrupción se coma, no ya a nuestros políticos, sino a nuestra democracia, tan flacucha ella. Llega un momento en la vida de los pueblos en el que tienen que preguntarse qué clase de gobernantes quieren. Y si los españoles contestamos que queremos seguir con los que tenemos, habrá que pensar que la corrupción no nos molesta tanto como decimos.