Sindicatos de élite

JOSÉ MARÍA CARRASCAL
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ESTE 1 de mayo ha devuelto a nuestros líderes sindicales a su papel favorito: el de come empresarios. Pero ¿qué hicieron para evitar los cuatro millones de parados? ¿Dónde estaban cuando el gobierno negaba la crisis? ¿Qué medidas proponen para afrontarla, excepto las oficiales? Aunque la pregunta de fondo es otra: ¿Representan los sindicatos españoles a todos los trabajadores? ¿A los inmigrantes, por ejemplo, que constituyen un buen porcentaje de la fuerza laboral? No les he visto batirse por ellos. ¿Y qué me dicen de los autónomos, de los que por vocación o necesidad trabajan por su cuenta, que también son muchos? Menos todavía, pues el sindicalismo oficial les considera empresarios en potencia, es decir, enemigos. E incluso entre los asalariados, hay grados muy distintos y dos clases en especial: los que tienen trabajo fijo y los que lo tienen sólo temporal. Un examen, incluso rápido, de la labor de UGT y de CC.OO. arroja que mientras se vuelcan en los primeros -en las negociaciones sobre nuevos convenios, respeto a los derechos adquiridos, continuidad de los puestos de trabajo, etc, etc-, apoyan tan sólo de boquilla a los segundos, lo que explica que el número y variedad de ellos no haga más que crecer, hasta el punto de que hay 17 contratos de este tipo, una auténtica maraña laboral, que no favorece a nadie, empezando por los trabajadores.

El resultado es que si apartamos su hojarasca retórica, los sindicatos españoles defienden únicamente a un segmento específico de los trabajadores, el más favorecido, el que tiene un trabajo fijo, castigando a los que no lo tienen o a los que habiéndolo tenido, se han quedado sin él, ya que en toda disputa por un bien, si se favorece a una parte, se daña a la otra, que es lo que está ocurriendo en el mercado laboral español, y una de las causas principales de que tengamos el record de paro en la Unión Europea.

Como puede acusárseme de prejuicio ideológico, voy a decírselo con las palabras del editorial de «El País» de ayer: «Cuando (los sindicatos) se cierran en banda a reformar la contratación, perjudican a las nuevas generaciones de trabajadores y se merecen la acusación de que sólo defienden los intereses laborales de los sindicados con trabajo fijo». Yo iría más lejos: se defienden a sí mismos. Defienden las subvenciones que reciben, el compadreo de sus líderes con los políticos de izquierda, los «liberados», que es como se llama hoy a los antiguos enlaces sindicales, toda una trama que les hace parecerse cada vez más a los sindicatos verticales y les hace pedir al Estado que se haga cargo de la entera actividad productiva, como si añoraran el INI. Por este camino, los únicos trabajadores que van a quedar en España son los que tienen contrato indefinido. Si no quiebran sus empresas, claro.