Sindicatos

La izquierda socialpopulista no distingue entre igualdad y legalidad

Jon Juaristi
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Acomienzos del verano, en una estación de Metro del centro de Madrid (en la de Callao, para ser exacto), fui arrollado por un grupo de manteros que escapaban de la Policía Municipal. Aclaro: fui arrollado junto a un montón de usuarios de ambos sexos, muchos de edad mayor que la mía, cuando subíamos por las escaleras mecánicas. No hubo, como se dice, desgracias personales, pero pudo haberlas. Los manteros, unos chicos por supuesto pobres, pero jóvenes y fuertes, cargando cada uno de ellos con su correspondiente alijo tan voluminoso como su portador, nos apartaron a empellones. Las escaleras, incluso las mecánicas, son lugares peligrosos para los viejos. La irrupción violenta de una masa de fuga, sean o no manteros, las convierte en trampas mortales.

La izquierda turbulenta y necia que nos desgobierna es incapaz de exigir a estos pobres y corpulentos chicos un mínimo de responsabilidad cívica, incapaz de darles una noción de la necesidad de un orden reglado para convivir civilizadamente y, por descontado, incapaz de exigirles respeto a la ley. Pero, eso sí, los saca a lanzar soflamas en los pregones de fiestas de los distritos municipales que mangonea, donde los cabecillas de la mantería, pertenecientes ellos mismos a las mafias que explotan a sus compañeros, se dedican a cubrir de insultos a la policía del Ayuntamiento que preside la ínclita Carmena con su corte de antisemitas y asaltacapillas. Y a proclamar que en España todos los seres humanos son legales, como lo hizo hace un mes, en Lavapiés, un tal Serigne Mbaye, supuesto dirigente sindical de manteros y lateros, que aprovechó el acto y los micrófonos para acusar a la policía de Carmena de racismo institucional, una infamia acuñada en su día por la concejal podemita de Usera, Rommy Arce, la misma contra la que se ha levantado esta semana el vecindario de su distrito.

La izquierda macarra que nos atribula ha sido incapaz de explicar a los manteros y lateros la diferencia entre iguales y legales. En España, al contrario que en los países de donde han salido pitando estos chicos pobres y robustos, todos los seres humanos son iguales como seres humanos; es decir, no hay humanidades de distinta categoría. Negar esta premisa, la igualdad de todos los seres humanos como seres humanos, eso es lo que se llama racismo. Pero no todos los seres humanos son legales: no lo son, y por distintas razones, los criminales con papeles o sin papeles y los sin papeles a secas, incluso los pobres y recios muchachos explotados por los criminales con papeles o sin papeles de las mafias de la patera y de la mantería y de la latería. En España no todos los seres humanos son legales, por muy iguales que sean en su condición de seres humanos.

La izquierda sucia, que ha convertido Madrid en un inmenso zoco de ilegalidad manifiesta, puede estar o no en connivencia consciente con las mafias, pero, lo sepa o no, trabaja para ellas. Para las mafias que explotan a las «bases sindicales» de la mantería y latería, forma posmoderna de la trata (de negros). Ahora bien, esa misma izquierda socialpopulista se opone a la sindicalización de la prostitución, alegando que esta es una actividad ilegal en España. Será lo que sea, legal o ilegal, pero ahí está, y la izquierda que nos aflige no impide la trata de blancas, negras y amarillas por mafias de proxenetas legales o ilegales, cosa que las prostitutas podrían hacer, en parte al menos, sindicándose. Y así los burócratas sindicales que se lo montan con dinero público, los del Don Angelo, por ejemplo, tendrían que negociar los precios con sus homólogas u homólogos del revolcón venal, y no con los padrotes. Sería un poco más -¿como diría?- estético.

Jon JuaristiJon JuaristiArticulista de OpiniónJon Juaristi