SINCORBATISMO Y POLÍTICA

Por Valentí PUIG/
Actualizado:

PARA el político que acuda institucionalmente al sincorbatismo las cosas, en sentido proporcional, están como cuando en un barrio aparece por primera vez un cristal roto en una ventana y nadie lo reemplaza. Aparecerán más cristales rotos y nadie va a poner remedio con lo que se deterioran las buenas maneras y, a la larga, no pocas otras cosas. Se puede ser adverso al perfil numismático del «dandy» y considerar al mismo tiempo que la defensa de la corbata es de otro orden, del mismo modo que, en la cubierta del «Titanic», los músicos tocaron hasta el final. El sincorbatismo es una tentación tan fácil, tan a mano, tan en la ola, que se practica sin atenerse a como incida en la estabilidad de las buenas maneras. Llevamos ya tiempo en la industria de lo auténtico y de lo espontáneo. Vergonzantemente, quienes quieren llevar corbata pero sin que se note demasiado eligen camisas de tonos oscuros, asemejándose así a un gángster mal planchado. Uno no pasa impunemente por la antipsiquiatría o el anarcosindicalismo pero la verdad es que ahora mismo hay corbatas a gusto de todos.

En el sincorbatismo que busca amparo institucional, un caso perseverante es el actual «conseller en cap» del ejecutivo autonómico catalán, Josep Bargalló. Ni tan siquiera las sensatas solicitaciones del sector catalán de la corbata le han apeado de un sincorbatismo que ejerce incluso cuando está de presidente de la «Generalitat» en funciones y recibe a alguna personalidad extranjera que lógicamente lleva corbata. Ahí está Bargalló, indómito, resistente a las perversiones del sistema burgués, republicano tan lejos de los ternos espléndidos que las sastrerías madrileñas le cortaban a Francesc Macià, fundador patriarcal de «Esquerra Republicana», aunque hay que decir que antes había sido coronel del cuerpo de ingenieros y que se casó con una dama riquísima.

BARGALLÓ hace uso de un noble derecho al mostrarse resueltamente inflexible ante los intereses de uno de los sectores más creativos en lo que queda del textil en Cataluña: la corbata, ese eje vital, columna sutil de los modos, una de esas cosas que hay que llevar cuando toca. Bargalló reclama los derechos de una personalidad anticonvencional para saltarse a la comba el sistema de signos y apariencias que llevan años poniendo corbata a la política institucional europea. Evidentemente, una corbata no es más que una tira de tela que nos atamos en torno al cuello, del mismo modo que una sinfonía es una amalgama de ruidos o que una escultura armónica tan sólo es un cacho de mármol.

ENTRE otras explicaciones, Bargalló dice que la culpa la tienen las camisas: aprietan, molestan, sofocan, reprimen. Es un argumento curioso que lleva a prescindir de la corbata en lugar de cambiar de camisas. Procede de la vieja idea de la virtud primitiva, tan republicana. Sincorbatismo, repliegue morfológico del «sansculottismo» que dio temperatura a la Revolución Francesa: tiembla el mundo pusilánime y caduco frente al gesto de desinhibición insumisa. Sin corbata, el buen salvaje es de una vez por todas libre, igual al gran arquitecto, definitivamente liberado de trabas y cadenas. Desde luego, se está perdiendo un par de muy buenas temporadas en el diseño de corbata. Eso pasa por no cambiar de camisas.

La fórmula consta en las cartas de lord Chesterfield a su hijo: «Preocúpate siempre de vestir como la gente razonable de tu edad, estés donde estés: para que no se comente que vistes de un modo demasiado descuidado o excesivamente estudiado». Qué tipo más pernicioso, lord Chesterfield. El viejo carcamal pensaba que una sociedad no es una noción abstracta sino una red de obligaciones entre seres humanos.

vpuig@abc.es