Shambhala

Continúo teniendo vértigo pero sé cómo llevarlo para que el miedo no derrote al placer

Salvador Sostres
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Mi vida fue hasta hace muy poco la tensión entre lo mucho que me gustan las montañas rusas y mi vértigo. Sobre todo ante las más altas, casi siempre la tentación sucumbía al miedo. Pero todo esto ha cambiado porque ha sido tan acibarado, complicado y marrullero mi último año que he llegado a la conclusión de que hay peores cosas en el mundo que no seguir vivo.

Hace unos días, en Port Aventura, tuve el impulso de subir a Shambhala, la montaña rusa más veloz, más alta y con la mayor caída de Europa. Había pasado unos días tan complicados que me relajé pensando que la tragedia podía ser un alivio. Hasta me imaginé mi epitafio: «Aquí descansa, y descansa de verdad, Salvador Sostres Tarrida». Había subido sólo una vez, en 2012, cuando se inauguró, y pasé tanto miedo en sus subidas, que jamás había osado repetir.

Pero esta vez fue totalmente distinto. No monté con la rigidez del hombre que intenta controlar el pánico, ni tratando de defenderme, sino que me dejé llevar asumiendo que la parte masculina de la relación era ella. Dejé que me invitara a cenar y que me llevara donde quisiera. Me entregué a su potencia, a su recorrido, y si alguna vez cerré los ojos no fue por miedo sino por placer. Me pregunto en nombre de qué estúpido prejuicio una mujer puede sentirse humillada cuando le regalan unas flores o le ceden el paso. Yo no quería que el cortejo terminara nunca y subí cuatro o cinco veces seguidas. Siempre -ladies first- en la primera fila.

Shambhala es la montaña rusa más elegante del mundo. La más suave, la que mejor te acaricia. Cuando dejé de temerla, y de protegerme de ella, y me libras a su nervio y a su belleza, a su furia que es a la vez una forma de la más delicada de ternura, pensé en lo mucho que había perdido el tiempo tratando de escapar de lo que más feliz me hacía.

La vida es un don que tenemos que custodiar con gratitud y amor, pero a partir de los 40, cualquier hombre inteligente y con matices entiende que Dios nos reserve el «descanso eterno» como su grandísimo premio. Hay peores cosas que no seguir vivo y desde que he aprendido a llevarme bien con mi muerte he descubierto honduras de la belleza a las que antes, cuando vivía tan asustado por todo, jamás había podido descender.

Hay un tiempo para abrazar y otro para dejarse abrazar. Entregado a Shambhala no tuve nada bajo control, dejé que la atracción me desbordara y cuando al cabo de cuatro o cinco vueltas bajé, noté que mi vida me pertenecía un poco más, que mi muerte me caía encantadoramente bien y que lo que no controlamos, si sabemos encajarlo con audacia y temple, acaba igualmente formando parte de nuestro poder.

Continúo teniendo vértigo pero sé cómo llevarlo para que el miedo no derrote al placer. En las alturas de Shambhala comprendí que todo lo que nos queda es caer y lo hermoso que es que un hombre que sabe lo que quiere, y cómo tratarte, te haga sentir mujer.

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