Don Severo y la granda

Por SANTIAGO GRISOLÍA. Profesor de Bioquímica
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ESTE año se cumplen los 25 años de varias iniciativas que afortunadamente han servido para mejorar la vida cultural española.

Entre éstas se encuentran la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados y los Cursos de La Granda, dos Instituciones con las que he tenido contacto directo desde, o casi desde, su inicio. Son Instituciones creadas y sostenidas por la generosidad de personas y entidades desde su principio cuando eran más un sueño que una realidad y que han mantenido y potenciado su creación. De la F.V.E.A hablaremos en otra ocasión, el artículo de hoy está dirigido al reciente curso que honra la memoria de don Severo.

La Granda es una institución única, iniciada por Teodoro López-Cuesta con la decidida ayuda de Juan Velarde, avalada afortunadamente por los más de dos mil profesores de gran categoría que han participado en sus cursos y que atestiguan la bondad del espíritu de La Granda. Sin duda la estrella de sus visitantes y también participantes fue don Severo Ochoa del que hoy, uno de noviembre, se cumplen los diez años de su muerte.

Con tal motivo mi compañero y el mejor de la clase en la Facultad de Medicina, el profesor José Mª Segovia de Arana, Premio «Jaime I», acompañado por el imaginativo profesor Paco Mora, organizaron el reciente terminado curso bajo el título de «Ochoa y la medicina clínica (Biología Molecular en enfermedades complejas)», y también participaron como oradores con su brillantez habitual.

El programa final lo constituyeron, además de los nombrados en este artículo, el también Premio «Jaime I» Rafael Carmena, Fernando Ortiz Masllorens, Manuel Martínez Lage, Enrique Baca y Humberto Arnés. Desgraciadamente, por falta de espacio no mencionaré detalladamente las contribuciones de todos los que participaron.

Afortunadamente don Severo, aunque perdió a muchos coetáneos, mantuvo numerosos amigos que le ayudaron en sus últimos años, pero nadie que le cuidase tanto, especialmente en verano, como don Teodoro López-Cuesta y su esposa Luisina, y en el invierno don Rafael Foguet, su esposa Cati y en verdad toda la familia Foguet, que lo acompañó y le hizo posible continuar con una de las grandes ilusiones de don Severo, es decir, el viajar y hacerlo bien acompañado. Yo no recuerdo en estos momentos todos los viajes que organizó Rafael Foguet, quien también convenció a don Severo para que aceptase y diese su nombre a las prestigiosas becas y premio de la Fundación Ferrer para la investigación. Como recordó Rafael con detalles muy simpáticos, prácticamente recorrieron el globo: Japón, India, Europa, Turquía, en donde don Severo quería ir a visitar Efeso, lugar en el que se dice murió la Virgen María. También hubo que disuadirle varias veces en su empeño en ir a la Antártida, poco antes de enfermar.

Ha sido un curso de gran importancia tanto científica como afectiva, pues en él han intervenido algunos de los que le conocieron cuando era muy joven, tales como mi esposa Frances y algunos de sus discípulos. Cronológicamente el primero fui yo. Después, casi al final de su vida, en el Instituto Roche, el profesor César Nombela, y el último que siguió trabajando con él en los Estados Unidos y a su regreso a España en el Centro de Biología Molecular «Severo Ochoa», el profesor César de Haro.

Merece especial relevancia la lección final del profesor Losada, que recibió el primer Premio «Jaime I». El profesor Losada empezó su carrera en los años más duros del nuevo intento de desarrollo científico en España, especialmente impulsado por Jose Mª Albareda, secretario general del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, creado al final de la Guerra Civil. Don Severo, hace 30 años, decía, y con razón, que Losada era el mejor bioquímico de España. El afecto mutuo entre ellos se reflejó en numerosas anécdotas relacionadas con don Severo.

El profesor Oya, además de contribuir con gran brillantez científica a la reunión, gustaba de contar anécdotas de Paco Grande, otro de los frecuentes asistentes a los cursos de La Granda, y especialmente de su padre y de sus antepasados, incluyendo la presencia de duendes en su casa ancestral en Galicia, quizás azuzado por la misteriosa apertura de puertas en el dormitorio de Concha Albalat, sin duda debido al viento. Aunque es difícil aceptar tales seres, a mí sí me gusta imaginar lo siguiente: Como es sabido, don Severo se quejaba, frecuentemente a su pesar, de no haber conocido en persona a don Santiago Ramón y Cajal. La verdad es que yo no me lo explico, excepto por la timidez de don Severo cuando era muy joven, la que desapareció después de su fracasada oposición a Cátedra, pero esto es otra historia de las muchas que demuestran que a don Severo no se le regaló nada. Reconozco que a mí me agrada pensar que cuando la gente se marcha del Museo Príncipe Felipe y queda desierto, tanto el espíritu de don Santiago como el de don Severo se liberarán de sus fotos y recuerdos y mantendrán cambios de impresiones muy interesantes. Desde luego así se satisfacerá el deseo de don Severo de conocer a Cajal, y al mismo tiempo dará la alegría a don Santiago de que al menos otro español recibió el Premio Nobel en Medicina o Fisiología, ¡ojalá haya más!

Se ha comentado bastante la serie televisiva que de su vida patrocinó la Generalidad Valenciana. Naturalmente para los que lo hemos conocido y sabemos de su apasionante vida, deja que desear, como ocurre con frecuencia con películas históricas, ya que los guionistas quieren hacer y hacen lo que se les ocurre, por ejemplo, que Ochoa y su esposa diesen sus pasaportes a su maestro Meyerhof y a su esposa, para permitirles escapar de Alemania y del horror nazi. La verdad es que antes de marchar de Alemania, Meyerhof se preocupó y consiguió una beca para que don Severo pudiera ir a Inglaterra. Además los pasaportes de don Severo y su esposa eran republicanos, lo que les causó muchos problemas. Muchos años después, paradójicamente, Ochoa obtuvo una beca para Meyerhof, también refugiado en los Estados Unidos, al que a pesar de ser Premio Nobel no se le hacía mucho caso.

No obstante, para aquellos que no lo han conocido no se darán cuenta de los cambios de los guionistas. La serie demuestra los aspectos más importantes de la vida de don Severo, primero su amor por la ciencia, segundo el amor a su esposa, y tercero su liberalismo y republicanismo. Así Su Majestad el Rey Don Juan Carlos me ha contado cómo le ofreció dos veces el título de marqués, que se negó a aceptar, a pesar de su afecto por el Rey. También es cierto que don Severo no tuvo hijos, sólo hijos (y nietos) científicos. Estas notas no tienen, como es lógico, la brillantez con que don Severo escribió para expresar su admiración por La Granda pero sí el agradecimiento a los muchos que hicieron su vida un poco más tolerable después de la muerte de doña Carmen.

Este curso, limitado a 25 estudiantes de la Universidad de Oviedo, estuvo también atendido por un gran número de personas que conocieron a don Severo, especialmente en La Granda, y subvencionado como es costumbre por «Farmaindustria» que a su vez se beneficiará de la publicación de un libro único.