Seguridad en tiempos de turbulencias

FERNANDO FERNÁNDEZ
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DESDE el inicio de los tiempos, la gente demanda seguridad a sus gobernantes. Más aún en momentos de crisis. Y seguridad es justo lo que falta. No parece muy saludable que el Gobierno se dedique a añadir confusión e incertidumbre a una situación de por sí ya delicada. Confusión respecto a la orientación básica de su política fiscal, industrial, financiera o exterior. Confusión de confusiones. Un gobierno en minoría tiene que esmerarse en buscar socios. Muchos analistas se felicitan incluso de ello y lo celebran como una deseable vuelta a la política de negociación tras dos legislaturas en las que el presidente del Ejecutivo ha sido todopoderoso. Pero convendrán conmigo en que no da igual ir a setas o a Rolex. No es lo mismo buscar aliados para subir impuestos que para bajarlos. Y no es muy presentable que el Gobierno corra de un lado para otro sin criterio en materia tan nuclear. Qué se puede esperar de un presidente tan cortoplacista que manda a los suyos a ganar la votación del martes sin importarle que con ello pueda perder la del jueves. Esa ha sido siempre su táctica y le había funcionado, hasta las elecciones europeas. Escrito está: a Zapatero se le ha acabado la luna de miel y tendrá que elegir gobernar con la izquierda o con CiU; con los dos a la vez ya no será posible. No parece haberse enterado.

La semana nos ha ofrecido varios ejemplos más de incoherencias. La energía nuclear es un caso obvio. De entrada no, de salida todavía no sé y mientras tanto ustedes se lo vuelven a estudiar y así ganamos tiempo. Y qué decir del rescate bancario. Hoy es el día que nadie sabe lo que se va aprobar en Consejo de Ministros. Seguimos sin saber si mandará el Banco de España o los consejeros de Economía. Ambigüedad constructiva debe ser eso de que todo el mundo crea que tiene la última palabra. El problema es que como acabe en los Tribunales, las imágenes de Ruiz Mateos persiguiendo a Boyer van a ser dibujos animados al lado del culebrón que nos espera. Tan difícil es decidir lo obvio, que el reglamento de disciplina financiera está para ser aplicado sin concesiones.

Pero mi incoherencia favorita es la historia de la Caixa y su operación con Suez. En una país normal, en una empresa como las demás, que la gerencia decida cambiar sus intereses en el sector de agua potable por el de seguros médicos es una decisión estratégica que recibiría mucha atención de analistas de bolsa pero ninguna de la prensa generalista. Aquí ha sido primera página por razones que son para echarse a temblar. La Caixa no es una empresa, sino el símbolo de Cataluña y no puede vender el agua de Barcelona a los franceses. Una frase que reúne todos los tópicos del tercermundismo económico. No me extraña que renovemos a Argentina un crédito de mil millones que no paga. Si creemos en lo mismo; en la construcción nacional a golpe de empresas públicas y en la utilización del sistema financiero al servicio de intereses políticos. Cuando los gestores se resisten, seamos sinceros en un rasgo de rara independencia, cae sobre ellos el peso de una opinión pública convenientemente subvencionada. Y destrozamos una operación que podía tener sentido empresarial pero nos felicitamos porque hemos salvado la torre Agbar que ya no tendrá que cantar la Marsellesa. Que se crea inseguridad jurídica, que arruinamos nuestra imagen de país abierto y respetuoso con la inversión extranjera, que nos arriesgamos a una multa europea, minucias ante la grandeza de Cataluña.

No critico la decisión de la Generalitat, me temo que casi todos los gobiernos autonómicos hubieran actuado de manera parecida. Critico un sistema, el Estado Autonómico, que no sólo permite esas intervenciones sino que las demanda. Critico a un gobierno central tímido y sin más criterio que las encuestas de mañana. Critico unos gestores empresariales demasiado acostumbrados a pasar por los despachos oficiales sus decisiones estratégicas. Critico una economía que está perdiendo sus rasgos de identidad y está cayendo en la discrecionalidad política.