Saramago, en la caverna

Por César ALONSO DE LOS RÍOS
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Si Saramago tiene derecho, y lo tiene, a hacer política a propósito de sus novelas, el cronista político tendrá que darle acogida en sus comentarios: glosas, decía D´Ors.

Saramago viene dando tumbos desde hace tiempo. No siempre para mal. Alguno de ellos le llevó al Nobel. Desde el punto de vista literario cada uno de sus libros nos hace añorar aquel tan hermoso que comenzaba con la llegada a Lisboa, un día de lluvia, de un pasajero llamado Ricardo Reis. Tan hermoso que él sólo habría bastado para ser distinguido por el rey de Suecia. A partir de ese texto hemos seguido confiando en Saramago. Se aceptaba «La balsa de piedra» como alegoría ocurrente o se justificaba como una audaz incursión la vida de Jesús. Cada vez que se anunciaba un libro suyo yo seguía esperando que otro personaje como Reis volviera a desembarcar en Lisboa otro día de lluvia. Y no llegaba. Por el contrario, se iba comprobando que el agotamiento poético del autor era seguido de un desmedido afán ideológico. Nada inocente, ciertamente, desde el punto de vista del mercado. Caídas las concepciones de izquierda, descubierto el totalitarismo y el crimen bajo las viejas utopías, la obra de Saramago venía a ser un consuelo, una palabra que se agradece en medio de tanta desilusión.

Saramago es la prolongación virtual, el eco de todo el movimiento intelectual que surgió en los años treinta y se mantuvo hasta los setenta. La espuma después de la retirada del mar (si vuelven las olas serán otras y otra la espuma). El último testigo de aquel mundo fue Sartre, que ni quiso recibir el Nobel ni el dinero (aquello sí que era «compromiso»). El juego de García Márquez ha sido otro: el posibilismo de un continente. Subió al Nobel en plan criollo y se fumó un habano. Pero su relación con Castro termina donde empieza el hecho creativo.

Ante Saramago uno tiene la impresión de que pretende compensar con el éxito literario el antiguo fracaso político. No es aborrecible ni condenable el empeño si se hace bien, y se ha hecho. No estamos ante un problema de principios o de especialización, sino de calidad y eficacia, y el caso es que las novelas de Saramago defraudan mientras el discurso al que sirven es huero y simplón. En «La caverna», la alegoría del fin de un oficio podría ser válido y fecundo a condición de que en las páginas hubiera alfarero y artesanía, es decir, que tuvieran entidad y credibilidad el personaje y su mundo, pero el sentido de la novela tiene que ser explicado por el autor y los críticos para que el lector pueda enterarse de las pretensiones del autor. Temeroso de que de la fábula no se dedujesen las conclusiones sociológicas y «filosóficas» que pretendía, Saramago lo explica en las propias páginas. Se dice expresamente que «ese» centro que se describe, ese mundo comercial, ese sistema, debería ser rotulado como «La caverna».

Pero si la novela no se mantiene literariamente y lo contado carece de vuelo si no es con segundas lecturas, ¿qué decir de la ideología que el autor vierte en las ruedas de prensa y en las entrevistas? La condena al consumismo, a la alienación de los ciudadanos en meros consumidores, a la globalización... es tan pedestre, tan alejada de la complejidad, que carece de la eficacia crítica que algunos desearíamos.

Apocalíptico, nuestro autor añora la desaparición de la división del trabajo, inconsciente de que, con ello, está haciendo la exaltación de la penúltima fase del capitalismo. Jeremías no es precisamente progresista. Pero este detractor del mercado en general tiene una gran finura para el propio. Él sabe que, después de esta gran catástrofe de las izquierdas, de allá o de acá, hay una población menesterosa de consuelo, como el que puede proporcionarle este tomo hinchado, que se vende a montones en esos grandes centros donde se compran a tientas, cavernariamente, incluso los libros.