Santa Greta

«El retroceso del cristianismo y el hundimiento de las ideologías pseudocientíficas, como el socialismo y la eugenesia, han abierto una especie de vacío espiritual que el milenarismo verde viene a colmar»

Guy Sorman
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Ha aparecido una nueva santa en el panteón europeo: se llama Greta, tiene dieciséis años y nos llega de Suecia. Su madre, una militante ecologista, escribe sobre su hija en un libro titulado «Scener ur hjärtat» (Escenas desde el corazón): «Puede ver el anhídrido carbónico a simple vista; ve cómo sale de las chimeneas y convierte la atmósfera en un vertedero». Evidentemente, es una tontería, porque el anhídrido carbónico ni huele ni tiene color, y las emisiones anuales representan una parte ínfima de la atmósfera, equivalente al 0,0004 por ciento. Por desgracia, es frecuente que una niña sea manipulada por sus padres.

Lo que no es tan corriente es que miles de fanáticos la tomen en serio y vayan en masa a escuchar sus sermones milenaristas sobre el fin de los tiempos, que es inminente, porque las viejas generaciones no respetan el clima, de modo que corresponde a los niños tomar el relevo. Aún más asombroso es que le responda el Papa y también el presidente de la República Francesa. Solo el Parlamento Europeo, a pesar de los Verdes que se sientan en él, ha rechazado escucharla y ha advertido de que el sitio de Greta es más bien el colegio, y no la tribuna de ese Parlamento.

Sabíamos que el calentamiento se estaba convirtiendo en una religión organizada. Tiene su doctrina, el cambio climático provocado por hombres demasiado ávidos en busca del progreso material; también su catecismo, y ponerlo en duda remite al infierno del negacionismo; sus concilios internacionales; sus jesuitas, con sede en el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (dependiente de la ONU); y sus intereses materiales, con todos los productores subvencionados de energías alternativas, nuclear excluida. Estos defensores del calentamiento se apoyan en la ciencia, pero la ciencia, qué quieren que les diga, es discutible por definición, de modo que más vale remitirse a las emociones que suscita santa Greta.

Nos gustaría haber inventado esta parábola, pero, muy a nuestro pesar, es la realidad; Greta Thunberg existe verdaderamente y suscita el entusiasmo de las multitudes, sobre todo entre su generación, impaciente, y en mayor medida en el norte de Europa, que ha permanecido próximo al paganismo y al culto de la Naturaleza. Desearíamos obligar a recular al culto del calentamiento con argumentos racionales, como la invisibilidad del anhídrido carbónico y el efecto, muy parcial, del dióxido de carbono en el calentamiento climático.

Nos gustaría explicar que este calentamiento es una hipótesis que posiblemente comenzara a principios del siglo XX, sin relación con el desarrollo industrial. Nos gustaría aclarar que la única energía alternativa no contaminante y verdaderamente eficaz es la nuclear, y no la eólica. Nos gustaría advertir que si lo que se pretende es limitar las energías basadas en el carbono, el «impuesto sobre el carbono» sería la única medida eficaz, aprobada por todos los economistas que se han interesado honestamente por el tema. Nos gustaría llamar la atención sobre los beneficios que ha supuesto para la humanidad el desarrollo de la energía, y sobre las ventajas concretas que aporta. Nos gustaría entablar un debate filosófico sobre las virtudes comparadas de Gaia, la diosa Tierra tan querida por los ecologistas, y la condición humana. Podríamos recordar que si existe la Naturaleza es porque el hombre la ha nombrado como tal, y que la Naturaleza es bella porque el hombre lo ha decidido así. Y que antes de la Revolución Industrial, los hombres tenían una vida demasiado corta para entretenerse admirando el paisaje.

Pero esta discusión es imposible, porque ningún argumento lógico puede hacer mella en una revelación mística. De modo que hay que tomar nota de que en Occidente existe una necesidad de creencia colectiva que, en este momento, no se manifiesta ni en India ni en China; el milenarismo verde es una teología para los países ricos y para los más privilegiados de esos países. Hay que pensar que el retroceso del cristianismo y después el hundimiento de las ideologías pseudocientíficas, como el socialismo y la eugenesia, que justificó la colonización y el nazismo, han abierto una especie de vacío espiritual que el milenarismo verde viene a colmar. Una vez entendido este fenómeno, solo queda hacerle frente, porque es peligroso. De momento, los sacerdotes verdes intentan reducir al silencio a los que solo quieren hablar sobre ello. Pero estos sacerdotes, si acceden al poder, harán estragos.

Desgraciadamente, los intelectuales y los políticos vagamente razonables subestiman el peligro, y han preferido hacer concesiones a los sacerdotes verdes; prefieren la paz a ser fustigados. Y los partidos democráticos esperan arañar algunos votos en lugar del enfrentamiento. Más valdría, creo yo, apelar a nuestra memoria histórica y recordar los estragos que produjo antaño el milenarismo. Nuestra pasividad, además de perjudicar el desarrollo humano de los más pobres, provoca las mofas de nuestros rivales chinos y complace a Donald Trump, que es el único jefe de Estado occidental que pone en duda el calentamiento climático. Pero como Trump lo niega con el exceso que es su marca de fábrica, su histrionismo beneficia a los defensores del calentamiento. A las personas razonables, si es que aún las hay, es a quienes corresponde devolver a Greta, lo antes posible, a los pupitres del colegio.

Guy SormanGuy SormanArticulista de OpiniónGuy Sorman