El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez - Ignacio Gil
EDITORIAL

Sánchez, la hora de la verdad

Ni una sola de las explicaciones públicas que ha dado Sánchez en torno a su tesis doctoral ha resultado convincente. Tampoco las dará en el Senado. Que nadie se engañe

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Las revelaciones exclusivas de ABC sobre cómo Pedro Sánchez plagió su tesis doctoral han movido al Senado a la creación de una comisión de investigación, que en las próximas semanas se habrá constituido y fijará un calendario de comparecencias al que no podrá sustraerse el presidente del Gobierno con más excusas para no dar la cara. Si realmente Sánchez tiene el objetivo de «prestigiar» las instituciones, como siempre sostuvo, tiene una ocasión muy favorable para hacerlo, sobre todo después de querer hurtar a la Cámara Alta, de manera descarada y poco democrática, el papel que la ley le atribuye para el control de los Presupuestos. Son muchas las revelaciones de ABC que han hecho rectificar a un Gobierno descoordinado, carente de estrategias solventes y sumido en una sistemática rectificación de sí mismo. La tesis doctoral de Sánchez es un ejemplo palmario. Pero también lo es la reciente marcha atrás del Ministerio de Defensa tras desvelar este periódico que había retirado la participación de las Fuerzas Armadas en el Salón de Barcelona para satisfacer al separatismo catalán, o la absurda imposición del euskera en una hipotética reforma del estatuto de autonomía de La Rioja.

El de Sánchez es un Gobierno sin principios que se mueve por criterios de propaganda populista, golpes de efecto y globos sonda, y solo rectifica cuando percibe que sus actos acarrean consecuencias añadidas contra su pésima imagen. La inicial decisión de la ministra de Justicia de no amparar al magistrado Pablo Llarena cuando fue acosado por el independentismo ante Bruselas, para después corregirse a sí misma, resultó demoledor. Lo mismo ocurre ahora con la purga del abogado del Estado que sí percibía rebelión, y no sedición, en la conducta penal de los golpistas catalanes. Pero gracias a la vicepresidenta, Carmen Calvo, todos los españoles ya conocen la razón: lo que antes era un delito de rebelión deja de serlo ahora porque antes Pedro Sánchez era solo un secretario general del PSOE sin escaño, y ahora es el presidente del Gobierno. Esta compleja disociación de personalidades es la que aqueja a un Gobierno capaz de provocar una confusión permanente y una alarmante incoherencia ética. Nadia Calviño es la última representante de esta dislocación moral porque, gracias también a ABC, ya se sabe que este Gobierno «bonito» tiene un pasado: es especialista en constituir sociedades con las que burlar al Fisco, en contradecir la ejemplaridad que predica con tanta demagogia como falsedad y, sobre todo, en mentir a los españoles con un inusitado desahogo. Ni una sola de las explicaciones públicas que ha dado Sánchez en torno a su tesis doctoral ha resultado convincente. Tampoco las dará en el Senado. Que nadie se engañe. Pero al menos quedará retratado en la peor práctica de la política, la de defender una cosa y hacer exactamente la contraria.