Editorial ABC

Sánchez se enroca en el bloqueo

Pedro Sánchez pretende estigmatizar a todos los partidos, llevar el bloqueo al límite y concurrir a nuevos comicios con la esperanza de que Podemos se estrelle

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El despacho que ayer mantuvieron en Palma Su Majestad el Rey y el presidente del Gobierno en funciones no sirvió para que se atisbe, al menos a corto plazo, un desbloqueo de la investidura de Pedro Sánchez. Sus palabras respecto a Podemos revelan una «desconfianza mutua» brutal tras la fallida sesión de investidura de julio. Y mientras persista esa desconfianza, y el PP y Ciudadanos mantengan su postura frontal contra Sánchez, la única evidencia palpable es que, sin avances negociadores, España se acerca irremisiblemente a nuevas elecciones en noviembre. Una vez más, Sánchez se afanó ayer de forma irresponsable en culpar al resto de partidos al presentarse como una víctima de nuestro sistema electoral y no como un presidente en funciones impotente a la hora de formar gobierno. Nada más lejos de la realidad. Es Sánchez quien ha enquistado nuestra política, quien dice un día que un presidente puede serlo sin haber sido el más votado y quien al día siguiente dice lo contrario, arrogándose una suerte de derecho universal a ser investido que no es tal. Empeñado en ser portador del presunto mandato de los votantes para formar «un gobierno progresista» -mantra que no cuadra con el resultado de las elecciones de abril, muy equilibrado-, Sánchez está frivolizando nuestra política hasta límites insospechados, sin asumir la culpa que tiene de su propio fracaso.

De momento, Sánchez mantiene a España en dique seco, presionando a los demás partidos para que cedan y le permitan gobernar, sin siquiera asumir la exigua mayoría de que dispone en el Congreso, con solo 123 diputados. Más parece que la estrategia de Sánchez consista en estigmatizar a todos los partidos, llevar el bloqueo al límite y concurrir a nuevos comicios con la esperanza de que Podemos se estrelle y el PSOE crezca hasta casi los 150 escaños. De antemano, ha excluido a los partidos separatistas de sus contactos habituales para tratar de recuperar una mayoría solvente, lo cual no debe ser una mala noticia. Sin embargo, el problema es que Sánchez no es creíble. No se trata de una decisión basada en principios y valores intrínsecamente democráticos -acaba de demostrarlo en Navarra, de la mano de Bildu-, sino de un nuevo ejercicio de oportunismo. No es extraño en Sánchez, quien en su comparecencia de ayer expresó de todo menos preocupación. Incluso sonreía cuando recordó la evidencia de que hoy no es formalmente un candidato. Es cierto que proponer de nuevo a un candidato es una prerrogativa del Rey, pero Sánchez lo escenificó de tal modo que parecía ser un lastre que se quitaba de encima. Sánchez nunca ha pensado que quizás el problema para el PP o Ciudadanos sea él, y no el PSOE. Son ardides de la política, pero el resultado es irritante: España sigue bloqueada mientras Sánchez sonríe.

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