Los sacrificadores

GABRIEL ALBIAC
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«UNA nueva y obscena raza de mártires nace» con el terror que inauguraba en Rusia el siglo XX. Albert Camus la describe como una raza de ángeles violentos, en cuyo delirio se anunciaban ya todos los horrores del siglo que venía. Porque todo está permitido a aquel cuya misión es traer el cielo a la tierra. Todo sacrificio -el de la vida propia como el de la ajena- es apenas anécdota, cuando se está llamando a las puertas del paraíso. El martirio de ese ángel purificador que cree ser el terrorista «consiste en aceptar infligir el sufrimiento a los otros», constata un Camus lúcido y estupefacto. Es la forma perversa de lo sagrado: sacrificar. Da igual a quién. El terrorista puro no busca víctimas precisas; todos los hombres lo son. Y, «para que el hombre se trueque en dios, es necesario que la víctima se rebaje a trocarse en verdugo» anónimo de los anónimos. Ese envilecimiento último lo reviste de legitimidad apocalíptica: sacerdote final del sinsentido.

Dostoyevski construyó su imagen literaria perfecta en Los diablos, aquel retrato profético del siglo veinte que debería ser enseñado en las escuelas, en vez de perder el tiempo con necias educaciones de ciudadanía. Si alguien quiere entender el salvajismo -el angelismo- exterminador del lunes en Moscú, debe sólo releer ese compendio de la fascinación humana por el abismo, a la cual el siglo veinte llamará terror: seguir la teología del Mal erigido en Ser Supremo, en la aventura biográfica de Kirilov que allí Dostoyevski dibuja. La conclusión de Camus es desolada y anticipa todo cuanto nosotros hemos visto: «Al igual que Kirilov, que se mata para ser dios, acepta ver su suicidio utilizado para la conspiración de Verkhovensky, la divinización del hombre por sí mismo hace saltar el límite que la rebelión se ponía a sí misma, y se lanza irresistiblemente a lo enfangados caminos de la táctica y el terror, de los cuales la historia aún no ha salido».

Camus escribía eso en su Hombre rebelde del año 1951. Han pasado ya otros 59. Su diagnóstico nunca ha sido tan exacto como ahora. Las fotos en el metro de Moscú, las fotos en los trenes de Atocha, las fotos en el Bali trocado de paraíso en infierno, las fotos en neblinoso polvo y humo de un Nueva York de pesadilla..., las fotos que vendrán, que seguirán viniendo, porque esta hecatombe sacrificial no está más que en su inicio, componen la única foto, en suma, del mundo nuestro: altar trágico ante el cual, extinto todo sentido y arrebatado por el duro delirio de inventarlo, alza el loco creyente su plegaria de exterminio.

Se envuelve hoy en la retórica de un disparate místico. El más acorde con sus anhelos: un Libro que un Dios dicta y en el cual son llamados los fieles, sin ambigüedad ni equívoco, a exterminar hasta el fin a los infieles; a exterminar hasta el fin a todo aquel -no hay inocentes- que no haya sido enrolado en el bando del Misericordioso. No ser parte del ejército de los sacrificadores es serlo del ejército de los sacrificados. Porque todo es sagrado. Y el mártir, al martirizar martirizándose, alza monstruosa constancia de eso que el Libro le ha prescrito: «Matadlos allá donde los encontréis... Si os combaten, matadlos: tal es la retribución de los incrédulos» (Corán, II, 191), «no los habréis matado vosotros; Alá les habrá dado muerte» (VIII, 17). No hay resistencia que el fiel pueda oponer al mandato sagrado. «Alá sabe», dice el Libro; los hombres, no (II, 216). Y Alá, «Alá ha adquirido persona y bienes de los creyentes para darles a cambio el Paraíso. Y ellos combaten en el camino de Alá: y matan y son matados» (IX, 111). ¿Cómo oponerse al Libro?