El sabio y sus fantasmas

M. MARTÍN FERRAND
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SI es verdad que rectificar es de sabios, habrá que incluir a José Luis Rodríguez Zapatero en la lista que confeccionó Platón. En lo que al tamaño de sus rectificaciones respecta, el presidente resulta omnisciente y deja en pañales de conocimiento a Tales de Mileto, a Quilón de Lacedonia y a todos los griegos que merecieron admiración y respeto por su sapiencia. Dicho sea lo de griegos sin recochineo alguno, sin traslaciones de tiempo y materia, sin pretensión de comparanza. Salomón Zapatero rectificó ayer, en un ratito, toda la política que ha desarrollado en el último sexenio y nos regaló, como estrambote de su descarado soneto, una renuncia a la sacrosanta política social, el santo y seña, la coartada, de su trayectoria presidencial.

Es tan inconsistente Zapatero y es tan inmensa su capacidad para ponerse de perfil ante la adversidad, para adaptarse a las circunstancias, que atribuye nuestros males presentes al ataque de los especuladores. Francisco Franco, su maestro en la sombra, aludía a la confabulación judeomasónica para señalar al enemigo oculto y amenazador; pero, terminologías al margen, el maestro y su disimulado alumno prefieren un fantasma en el que colgar sus carencias y sus errores que aceptar un milígramo de responsabilidad y culpa. Lo que sea preciso con tal de no reconocer los propios errores y ejercer la humildad autocrítica.

La presión internacional, Barack Obama incluido, forzó a Zapatero a rectificar, a negarse a sí mismo, y ya estamos en donde debiéramos haber estado hace un par de años. El retraso nos ha costado cuatro millones y medio de parados, un asiento en el furgón de cola del tren europeo y hasta una parte de la soberanía nacional. Para recortar el gasto social y congelar el sueldo de los empleados públicos no hacían falta tanto viaje ni tanta doctrina socialista. Como su maestro, Zapatero escucha «cantos de sirena» y escuchará también la algarabía sindical y la defensa de los derechos de quienes no parecen tener obligaciones. Comenzamos con la gigantesca rectificación presidencial una nueva etapa política que, para mayor inquietud, se incrusta en un marco de debilidad constitucional y políticas centrífugas y, a mayor abundamiento, con una ciudadanía crispada que no confía en sus representantes políticos ni en las instituciones. No importa. Volveremos a hablar de Francisco Camps y de sus trajes. Hay motivo para ello.