Rusia teme a Harry Potter

Por TULIO DEMICHELI
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El día en el que Umberto Eco fue distinguido con el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, ABC publicó una Tercera del semiólogo y novelista dedicada, precisamente, a los libros de Harry Potter, en la que concluía que no nos debe asustar que un niño juegue a ser un mago, sino que es a los adultos que creen en la piedra filosofal o en el satanismo y que ofician misas negras a quienes hay que tenerles un miedo verdadero. Ahora que la segunda entrega cinematográfica de la saga del joven aprendiz de brujo se estrena en todo el mundo, en Rusia se ha admitido una demanda judicial contra la película por «incitar a la intolerancia religiosa», denuncia también realizada por algunas comunidades cristianas fundamentalistas de EE.UU. y de otros países. Al mismo tiempo, los medios de comunicación han denunciado una supuesta campaña de la Iglesia Ortodoxa que estaría acusando a la criatura de la señora Rowling de «favorecer la brujería y desacreditar la fe», lo que no se compadece con la postura oficial, que en ello coincide con la Iglesia Católica: «Los libros de Harry Potter -afirma Mijail Dudkó, portavoz del Patriarca de Moscú- presentan como buenos elementos que la tradición cristiana considera como fuerzas del mal». Más allá de consideraciones teológicas que no vienen al caso (la saga de Rowling es tan inofensiva como las aventuras de Guillermo o las de Pipi Calzaslargas), hay que escandalizarse de otros asuntos de un calado mucho mayor en Rusia. Por ejemplo, la intransigencia de la Iglesia Ortodoxa Rusa frente a otras confesiones (más por el miedo a perder ciertas «concesiones» económicas que por el peligro que pueda correr su hegemonía religiosa). O la indefinición del Código Penal de la Federación ante los límites de la pornografía infantil, negocio en el que, por desgracia, los rusos descollan como grandes exportadores mundiales.