Ignacio Camacho

El ruiseñor eterno

Atticus Finch creció al margen de su propia autora como paradigma universal de coraje, dignidad e idealismo

Ignacio Camacho
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Quizá el mayor milagro de la literatura sea el que se produce cuando un personaje se escapa de las manos de su autor para cobrar vida en el corazón de los lectores, a veces incluso al margen de las intenciones del escritor que lo ha creado. No ocurre a menudo, pero cuando sucede se pone en marcha un mecanismo mágico: el que convierte el acto de escribir en un soplo genesíaco capaz de dotar a una criatura abstracta de personalidad propia y de libre albedrío, que crece por su cuenta en la sentimentalidad popular para constituirse por sí misma en un mito.

Le sucedió a la recién fallecida Harper Lee con Atticus Finch, cuya proyección emocional como paradigma de idealismo no estaba en su auténtico plan narrativo. Quizá la novelista nunca debió mostrar esa carta ya estéril, el viejo manuscrito original en el que el intachable abogado antirracista de Maycomb acababa declinando su propia nobleza para tomar la decisión equivocada. Lo hizo el año pasado, tal vez por la presión editorial, pero nadie la creyó; hubo libreros estadounidenses que ofrecieron devolver el dinero a los lectores decepcionados de «Ve y pon un centinela». La verdadera historia imaginada por Lee antes de «Matar un ruiseñor» carecía de sentido medio siglo después de haber levantado un monumento moral imposible de demoler porque forma parte del patrimonio inmaterial de la Humanidad entera.

Tuvo mucho que ver el cine. La composición elegante, contenida y honda con que Gregory Peck encarnó el personaje para Robert Mulligan cinceló un prototipo intemporal de decencia que desbordaba las dimensiones de la novela. La película hizo una lectura emotiva del libro en la que las cualidades éticas del letrado se fundían con la ternura y la rectitud del padre admirable y entero que el público habría deseado tener. Un modelo educativo familiar perfecto: el del hombre que transmitía su decoroso ejemplo de responsabilidad a los hijos a través de un desafío a la injusticia. El coraje, el civismo y la dignidad involucrados en un amoroso, cálido y protector ejercicio de valores paternales.

Esa creación sublime de Peck eclipsó en parte el fondo de denuncia social que contenía el relato de Lee, en cuyo texto se apreciaba, bajo las huellas de Faulkner y la influencia de Capote, la voluntad de retratar la inocencia perdida de una nación abismada en sus contradicciones. De un modo u otro, lectores y espectadores raptaron a Finch para elevarlo como arquetipo de la conciencia colectiva, primero en América y luego en todo el mundo. Aunque en España la enseñanza la haya preterido en beneficio de la más confusa y sobrevalorada «El guardián entre el centeno» de Salinger, «Matar un ruiseñor» es un pilar de la educación humanística contemporánea. Y su poderosa metáfora infantil sigue constituyendo la referencia de un código moral intacto en la indeclinable defensa de la libertad y la pureza.

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