Roldán, que fue como un hijo

GABRIEL ALBIAC
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¿FUE Roldán, que saldrá ahora de la cárcel, el peor de la banda? No. Digámoslo enseguida. Fue el pardillo. Siempre hay uno -uno, al menos- en toda red bien organizada para la delincuencia. No es azar o torpeza; es regla de seguridad. A él tocará cargar con el marrón, si las cosas se tuercen. Si no se alcanza ese punto crítico, el pardillo se embolsa, como todos, su parte del botín. Si el peligro llega, se entrega su cabeza, dejándole, eso sí, al menos la esperanza de embolsarse una pasta equitativamente generosa cuando salga de presidio. Es la básica ley del hampa. O de la selva. O de la política, cuando, en ausencia de un poder judicial al cual los partidos teman, todo está permitido; enriquecerse, sobre todo: enriquecerse es la finalidad específica de lo político en las sociedades modernas; lo demás, sólo apéndice.

Cuando Vera y González entregaron la cabeza de Roldán como un verosímil precio para salvar la suya -aunque, al final, el sibilino Vera calculó mal el envite y sólo González se salvó de lo más duro-, me vino a mí, de inmediato, un pasaje leído en Dashiell Hammett que forma parte de las mitologías de todo yonki de la gran novela negra. El halcón maltés no es sólo una obra maestra del género, es, a secas, una de las más grandes novelas del siglo veinte. La poética del fracaso que recorre sus líneas tiene el desgarro feroz que sólo logra dar la escritura mediante un estilo cortante, frío, glacial en los pasajes más desoladoramente líricos. Hammett y Chandler han sido los más grandes en eso: saber que lo más hondo debe siempre ser dicho sin usar un adjetivo. Ya sea una historia de amor que acaba en crimen. Ya sea la traicionada fraternidad entre delincuentes.

El pasaje es éste. Gutman, patrón mafioso sin escrúpulos a la caza de una joya mítica: el halcón de los Caballeros de Malta. Frente a él, Sam Spade, investigador privado sin demasiados prejuicios morales, hombre vencido por la vida y al cual el lector adivina roto más allá de lo que las páginas de la novela se atreverían a contarle. Entre ellos, Wilmer, guardaespaldas -«un hijo casi»- del mafioso. Spade juega sus cartas. Tiene el halcón; está dispuesto a entregarlo. Quiere una garantía, es lógico: que alguien cargue con los cadáveres que han ido acumulándose en las páginas precedentes. Spade señala a Wilmer: ése. «Gutman» -escribe Hammett- «le sonrió con benignidad y dijo: Créeme, Wilmer, que siento perderte, y quiero que sepas que no te tendría más cariño si fueras hijo mío. Pero, compréndelo, si se pierde un hijo, siempre es posible tener otro; halcón maltés, sólo hay uno». La partida está jugada. Conforme a lo que mandan las leyes. De la calle. De la jungla.

Yo no dudo de que González profesara a gente como Roldán y Vera entrañable amor paterno: fueron años de intimidad en los secretos más horribles. Amor a ellos y a otros que tuvieron mejor fortuna. Pero Poder, Poder con mayúscula, hay sólo uno. Los hijos pueden contarse, si es preciso, por docenas. Y, por docenas, ser entrañablemente acompañados hasta la puerta misma de la cárcel. Ni un milímetro más allá. Ni por Roldán, ni por Vera, ni por nadie. Algún día saldrán... Vera lo hizo en muy pocos meses, porque supo ser discreto. Roldán, que jugó a ser bocazas, recibió su didáctico castigo y aprendió pronto que es siempre más rentable respetar la disciplina primera entre los del oficio: la ley del silencio. Aprendió que su día acabaría por llegar. Y que, ese día, el padrino y sus sucesores se habrían ya cuidado de que sus cuentas corrientes permanecieran invisibles y repletas. Es la ley. Del asfalto. Ya está fuera. Como un hijo.