La risa

Por Alfonso USSÍA
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El «Libro Guinness de los Récords» es, sin duda alguna, la gran enciclopedia de los tontos. Hay gente que vive para figurar en sus páginas. Dedicar parte de una vida a elaborar el bocadillo de salchichón más grande del mundo es, como poco, una bobada. Por ahí pulula un joven que lleva recorridos doscientos kilómetros dándole pataditas a un balón sin permitir que bote en el suelo. Se apresta a batir la hazaña de un noruego que hizo lo mismo durante trescientos treinta kilómetros hace veinte años. Si lo consigue, ese infantillo se va a quedar tonto para toda la vida, pero sus padres podrán presumir de su hazaña mostrando la reseña publicada en la necia obra. Resulta muy fácil aparecer en el «Guinness», y algunos mueren en el intento. Por ejemplo, intentar la ingestión de quinientas canicas de cristal en una hora. Se puede hacer, pero te vas al otro barrio. Claro, que queda para siempre la constatación de la estupidez.

Ahora, en Australia, que es una nación prodigiosa y rarísima, se han reunido 250 personas para batir el «récord» más cretino que cabe en cabeza humana. El mundial de tiempo de risa. Durante media hora, estos tipos y tipas -ciudadanos y ciudadanas, diría Ibarreche-, no pararon de reír ni de carcajearse. Que 250 australianos y australianas -espero que las feministas reconozcan mi esfuerzo- se dediquen a esa mamarrachada dice muy poco de la salud mental de aquella inmensa isla. Se comprende ahora mejor al gran Barry Humphries cuando dijo que «vivir en Australia permanentemente es peor que ir a una fiesta y bailar toda la noche con la propia madre». Un hecho como éste tiene que avergonzar a todo un país, por grande, populoso y tontorrón que sea.

El hombre -el hombre y la mujer, perdón- es la única criatura viviente capaz de reír. Mejor aún, de sonreír, que es la risa cultivada. Un leve movimiento en los labios dice infinitamente más que una exposición descarada de encías. No pretendo demostrar que la risa es de tontos. En muchas ocasiones está plenamente justificada y actúa como un fármaco milagroso. Ya lo he contado. Nos hallábamos Pepe Oneto, Antonio Burgos y el abajo firmante en la Plaza Roja de Moscú, avanzada la madrugada, feroz el frío y con algunas botellas de vodka trasegadas, cuando dos centinelas del mausoleo de Lenin, de la conocida Momia, se acercaron hasta nosotros para vendernos sus gorros por diez dólares la pieza, con piojos congelados incluidos en el precio. «¿Por qué supieron ustedes que éramos extranjeros?», preguntamos a los soldados. «Porque se reían. Los rusos ahora no sabemos reír». Aquello nos descorazonó bastante.

El ser humano tiene que reír o sonreír, pero en su momento y lo justo. La mirada verde y maravillosa de la joven afgana que ha dado la vuelta al mundo es luz de infinita tristeza. Esos ojos no han sonreído jamás, de ahí la belleza más animal que humana de esa mujer prodigiosa. A los seres humanos nos salen arrugas porque sabemos reírnos, y nos reímos o sonreímos porque sin volar de cuando en cuando por el humor, la vida se haría insoportable. Pero reírse por reírse, carcajearse para batir una marca, reunirse para tamaña mentecatez, es más que una innecesaria humillación.

Todo para salir en el libro de los tontos, junto al memo que ha permanecido más tiempo con los pies descalzos sobre una hoguera, el marmolillo que ha bebido más cervezas en menos tiempo y el bandarra que ha saltado más veces en una cama elástica con un matasuegras en la boca. De cuando en cuando, 250 personas se reúnen para recordarnos que en el fondo, y no tan en el fondo, somos más lelos que Abundio.