REVOLUCIÓN Y TERROR

por CÁNDIDO/
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LA señora Shirín Ebadi, premio Nobel de la Paz, dijo en una ocasión que «la paz del mundo pasa por los derechos humanos» y que «el tiempo de las revoluciones está acabado». Hace dos años escribí aquí un artículo titulado «El tordo de Thomas Hardy» en el que iba este párrafo: ...«el 11 de septiembre del año 2001 el terror sustituyó oficialmente en el mundo a las revoluciones, cuya mitología ha concluido. Las revoluciones llevaban en su seno el terror aunque luego pudiéramos verlas como procesos hacia la modernidad. Sin embargo aquella mañana de sol en la que fueron derribadas las Torres Gemelas, la gran larva del terror consumó su última metamorfosis y abandonó el concepto de revolución que históricamente la justificaba. Aún no nos hemos familiarizado con las consecuencias de ese cambio». Quería decir que, en la práctica, el terrorismo es la nueva revolución mundial. De una manera más o menos laberíntica y mezclada desemboca en él la tradición revolucionaria que va de la Revolución francesa a la rusa pasando por las revoluciones de 1848. Significativamente el argumento final del terror es el mismo de todas las revoluciones, los derechos humanos, que por lo demás los terroristas destruyen y degradan, y que son trasunto de aquellos Derechos del Hombre proclamados por la Revolución francesa (entre los cuales no estaban ni la igualdad ni la fraternidad) que se oponían a los derechos del rey, a los de las clases altas y a los derechos históricos. En cuanto a la Revolución rusa fue una derivación de la francesa. En el mundo árabe, sin necesidad de recordar a Robespierre y a Saint-Just, el terror es el privilegio de los virtuosos. En ese mundo la virtud cívica se funde con la religión, lo mismo en el caso de los suicidas de las Torres neoyorquinas que en el de Afganistán, Irak, Palestina... Una vez que se han frustrado como revolución las rebeliones sucesivas de las que habla Albert Camus en «L´homme revolté», pues aún no ha habido una verdadera revolución en la historia, el terrorismo islámico aborda la que «tiene que ser» definitiva, la del terror como la revolución misma. El terror del Islam de este momento no es una excrecencia patológica y a la vez purgativa del orden institucionalizado y de las estructuras de poder occidental que garantizan aquel orden, sino el vehículo estremecedoramente sangriento de un proyecto existencial del mundo árabe que lleva en el fondo una ética radical de la utopía. Así es como la constante revolucionaria de la historia eleva a principio lo que en las dos «rebeliones» triunfantes, la francesa y la rusa, era nada más que un instrumento, el terror. Siendo de ese modo, ¿qué sentido práctico y de aclaración puede tener el adscribir el «martirio» que asumen las vanguardias coránicas, los terroristas que se inmolan, a una forma extrema de delincuencia? Por eso no avanzamos. Los primeros cristianos, que traicionaron la religión de sus padres desde el punto de vista de Roma, fueron considerados delincuentes peligrosos. No mataban a nadie sino que hacían algo peor, exigir al profundamente conservador imperio romano la liquidación de sus dioses en los que fundamentaban el destino y las leyes y la instauración de su dios como el único dios. Aquellas razones de los romanos son esencialmente las nuestras para combatir a los terroristas de Alá.

No hace mucho pregunté públicamente a Maje Dibs, presidente de la Asociación hispano /palestina «Jerusalén», por el papel que juega la religión en el contencioso palestino /israelí. Me respondió que muy secundario, lo que no dejó de sorprenderme. Como no quería amontonar contenciosos opté por callarme. Al término del coloquio se acercó a mí un periodista del diario «Al Qabas», de Kuwait, Said Alami, para decirme que la religión es la clave de ese contencioso, sobre todo, me dijo, por la parte de Israel, que achaca no obstante a los palestinos toda la carga del fanatismo. Al parecer el ejército de Israel, cuando guerrea en territorio árabe, sigue las páginas del Antiguo Testamento como si se tratase de un prontuario militar. Isaías, 19: «Destruir Egipto». Isaías, 13: «Destruid Irak». (Dicho al paso: el motivo por el cual uno de los museos más importantes del mundo, el de Bagdad, fue esmeradamente arrasado por los americanos, estuvo en que allí se exponían pruebas fehacientes de asentamientos árabes en Israel anteriores por miles de años a los asentamientos judíos. Pero dejemos esto). Sabemos en lo que toca a los palestinos, que una buena parte de los jóvenes, concretamente una cuarta parte de los adolescentes de Gaza, quieren ser mártires, es decir, suicidas «contra» Israel. El catorce por ciento de las muchachas, también. Muchas de ellas han probado ya su fe. Otras la probarán. Van a la muerte revestidas de pureza y no distinguen entre el deseo de matar y el de morir, quizá porque ambos deseos están trascendidos. Entonces mueren bajo el imperio de la fatalidad que tiene algo de elegancia estoica. Occidente ha olvidado esa manera absoluta de ser. Ha perdido la capacidad de delirio. Esas mujeres suicidas, Wafa Idris, Hanadi Yaradat, Rim al Reyashi, entre otras, eran estudiantes universitarias, madres de familia, tenían una profesión, no eran gente desclasada, opaca o fuera del núcleo decoroso de su pueblo. Sería difícil encontrar en esas vidas la locura o ese ingrediente destructor que suele acompañar a la necesidad patológica de reafirmación o de visibilidad personal. Su estilo era más o menos aproximado al de algunas mujeres que aparecen en la Biblia, Ester, Dalila, Berenice, Salomé, Judit, que asesinó a Holofernes. Todas ellas tienen algún rasgo terrorista y, algunas -Ester, Berenice, Judit- actuaban en nombre de minorías oprimidas. Entre otros resortes de presión usaban de la incitación de su cuerpo como las suicidas de hoy usan las bombas. Y eran igualmente letales. Un escritor israelí, Amos Oz, adelanta la hipótesis de que el fanatismo es un gen de la naturaleza humana. Sería la mejor manera de que fuese irremediable. La raíz etimológica de fanatismo es «fanum», templo, y Rousseau, en su obra «La profesión de fe del vicario de Saboya» dice que «el fanatismo, aún siendo sanguinario y cruel, es, sin embargo, una pasión grande y fuerte que eleva el corazón del hombre, que le hace despreciar la muerte, que le da un impulso prodigioso y que sólo debe ser dirigida de la mejor manera posible para extraerle las mejores virtudes». Es un párrafo extraño, escrito seguramente contra los enciclopedistas. El hecho es que cuando las revoluciones agotan sus fanáticos, decaen y al fin se desvanecen. El fanático se jubila de romántico. Pero esta revolución del terror ha injertado el fanatismo en el temperamento religioso de sus militantes y, por eso mismo, será imposible devolverlo a su degradación natural.