Revanchas

JON JUARISTI
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SI el fin de la era de Aznar fue trágico, el supuesto apocalipsis de Rodríguez resulta cómico aunque nos duelan cortes y recortes, pues ¿quién podría reprimir la carcajada ante la peripecia del presidente socialista y de su gobierno? Como broma del destino, no está nada mal ésta de convertir la cofradía de la Justicia Planetaria en verdugos del Estado del Bienestar. Es como si la señora Thatcher se hubiera despertado un día transmutada en Fidel Castro, o a la inversa. Mucho ojo, sin embargo, porque no todo el pescado está vendido.

Se cuenta del general napoleónico Bernardotte que, en cuanto se ciñó la corona sueca, encomendó a su cirujano la tarea de lijarle de la tetilla izquierda un lema que se había hecho tatuar en su juventud revolucionaria, Mort aux rois, pero el maldito eslogan reaparecía una y otra vez, porque la tinta había penetrado hasta las telas del corazón. Nadie habría conocido tal detalle golfo de haber contado el rey con un sirviente más discreto, dicen algunos. Pero un secreto así no puede guardarse. Revelarlo era pura necesidad fisiológica para un remendón de tripas que no había conocido hasta entonces mayores emociones que las de los hospitales de campaña en Marengo y Austerlitz. Aparentemente, Rodríguez no tiene problemas de ese tipo. Siempre fue más rojo que la cochinilla, como confesaba hace años que parecen siglos a una reportera de Vogue. Ahora bien, va el ministro Corbacho y suelta lo de que no les temblará el pulso, y a uno se le enciende el piloto de alarma en su particular memoria histórica, y empieza a recordar, entre sudores fríos, quién decía frases semejantes cuando firmaba sentencias de muerte.

A su modo, Jean-Baptiste Bernardotte (Carlos XIV de Suecia) fue también un caso de baraka. Un cateto gascón que se injertó en la monarquía escandinava gracias a una increíble chamba y nunca aprendió una palabra de sueco o de noruego. Venía de la greña jacobina y ascendió en la Grande Armée desde cabo chusquero. Desposó a una amante de Napoleón y fue adoptado como hijo por el último Holstein-Gottorp, Carlos XIII, títere de la Francia bonapartista. Pero la Santa Alianza lo dejaría gobernar tranquilamente (murió en 1844, a los ochenta y un años, tras casi treinta y cinco de reinado efectivo), una vez se mostró dispuesto a alinearse con lo más ultra de la Restauración europea.

El lector habrá adivinado, a estas alturas, que recurro a Bernardotte para no mentar la bicha; es decir, otro general que nos cae más cerca, al que jamás le tembló el pulso, etcétera, y que también disfrutó de baraka por arrobas, perpetuándose en el poder durante los treinta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, al amparo del nuevo equilibrio de fuerzas y de sus propias dotes para la transferencia de lealtades. Ojito, digo, porque Rodríguez es de su misma pasta y de la de Bernardotte. El panorama internacional no está mucho más despejado que en la restauración absolutista de 1815 o en la restauración liberal de 1945, y ofrece un campo de juego amplísimo a los oportunistas congénitos. Bernardotte tiró su bonapartismo por la borda cuando vio venir la contrarrevolución, y, por motivos opuestos, algo parecido hizo nuestro centinela de occidente con su inicial fascismo. Es cierto que el derrumbe de la identidad socialista del gobierno ante los mercados revueltos ha sido tan súbito que mueve a risa. Pero los efectos cómicos encierran un peligro, el de la revancha del payaso de las bofetadas, y, como ha intuido Durán i Lleida, para desmontar el tinglado asistencial no hace falta un Rajoy. Basta cualquier Rodríguez Sabandija.