El retiro de Pizarro

M. MARTÍN FERRAND
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ENTRE la España que describe Próspero Mérimée en Carmen y la que retrata Ernest Hemingway en Por quién doblan las campanas hay un punto en común: el pintoresquismo y, como dice Baura, España, que tiende a ser dramática, puede resultar trágica o cómica, pero nunca pintoresca. Seguramente, para quienes la amamos en su integridad y vemos en su pasado nuestro principal patrimonio personal, España es hoy un proyecto quimérico de futuro. Una torpe interpretación de la Constitución trata de convertir en federal lo que siempre fue unitario y eso es tan estéril como la piedra filosofal de los alquimistas medievales. A mayor abundamiento, el esplendor esperanzado de la Transición ha decaído en una partitocracia ridícula en la que dos jefes de fila, por sí y ante sí, establecen los nombres del Legislativo, se turnan en el diseño del Ejecutivo y chalanean la nómina del Judicial. Una gigantesca chapuza... nada pintoresca.

Desde una neutralidad arcangélica sería difícil establecer quién, Zapatero o Rajoy, sirve peor, con más desacierto y menor provecho, a la fortaleza del Estado y el bienestar de la Nación. Esa bipolaridad oligárquica tiene secuestrado el talento y proscrita la excelencia. Manuel Pizarro, que hace honor a la tradición de su apellido, parece haberlo descubierto y ayer anunció su retirada del Parlamento. El hecho de que alguien como Pizarro, una de las mejores cabezas de la política española, inequívocamente liberal y tras el éxito de una brillante carrera personal, en un momento biográfico idóneo para la dedicación al trabajo político decida no participar, quedarse en casa, debiera impulsar la reflexión de sus compañeros de partido. Si Pizarro no es capaz de asumir al PP, o viceversa, estamos ante el síntoma de una grave enfermedad.

Mérimée, profesional de la historia del arte, recorrió los caminos hispanos del gótico y el románico con vocación de estudio. Hemingway, profesional del periodismo, patrulló el país en busca de una crónica. El primero fue amigo de Eugenia de Montijo y el segundo de Antonio Ordóñez. De ahí que se quedaran en la anécdota pintoresca. El drama se mastica en la rutina cotidiana mejor que en la peripecia aventurera. Por eso Pizarro se va a su casa. Teruel gana un vecino, España pierde un diputado cabal y el PP enseña las vergüenzas de su vocación funcionarial y escasa, su rechazo a los mejores en aras de la obediencia conventual.