Retambufa

IGNACIO CAMACHO
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MAL, muy mal Aznar. Tenía que haberse hincado de rodillas y haber aceptado con humildad los improperios. Agachar la cabeza, pedir perdón por sus muchos pecados y admitir sus nefastas responsabilidades. Cualquier demócrata sincero, cualquier verdadero liberal con talante de diálogo, se hubiese conmovido en conciencia al oírse llamar «nazi», «terrorista», «cabrón» y «asesino», y allí mismo habría pedido que llamasen al juez Garzón para prestar ante él, postrado de hinojos, declaración de culpa genocida y, de paso, inculparse de los crímenes de la memoria histórica, del asesinato de Lorca y de haber corneado a Manolete. Pero en vez de eso va el tío y se les ríe en la cara a los jóvenes progresistas que con tan gran delicadeza le formulaban reproches políticos, y en el colmo de la descortesía y la zafiedad los manda a tomar por retambufa con el dedo. El muy fascista.

No hay forma de que se corrija este hombre. No tiene respeto por la juventud, como dice la vicepresidenta de la Vega, ni escrúpulo por las formas, que ya apuntaba cuando ponía los pies encima de la mesa de Bush, y va por la vida de resentido arrogante con sus abdominales y su melena, el «pelito semilargo» que dice la señora Valenciano, esa minerva. Quién se habrá creído que es para dejarse el pelo semilargo como si fuese un cantante progre o un finalista del Goya. Siempre fue un tío sieso y mal encarado, pero desde que ya se cree por encima del bien y del mal no hay quien lo aguante, venga a dar doctrina rencorosa por ahí, y encima ganando dinero. Que ya lo ha dicho el senador Barranco, que es vergonzoso que un ex presidente se dedique a ganar dinero de esa manera, dando conferencias en vez de hacer de lobbysta para millonarios mexicanos y mandamases marroquíes como su antecesor. Que no, hombre, que no, que no hay derecho a contestar de esa forma tan grosera a unas criaturitas que sólo habían ido allí con su mejor voluntad a insultarlo pacíficamente y a no dejarle hablar. Que luego decimos que la juventud está descomprometida y no participa en el debate político. Y cuando se decide a debatir, desinhibidamente, con la frescura, la franqueza y el entusiasmo propios de la edad, va un amargado como éste y les hace a los pobres chicos la peineta como si fuese Luis Aragonés.

Después se queja de resultar odioso. Con su bufandita pija y la sonrisilla esa de perdonavidas, autosatisfecho y engreído como si hubiese gobernado bien. Un comportamiento típico de la derecha, tan autoritaria, tan despótica, tan acostumbrada a mandar a tomar por culo al discrepante. Esa derechona cerril, rancia, hosca, estrecha, intolerante, que no admite un abucheo ni entiende la espontaneidad expresiva de los chavales porque está habituada a que no le levanten la voz. Incapaz de un gesto de buen rollo. Definitivamente culpable.