Restos de fascismo

DARÍO VALCÁRCEL
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AL cabo de casi un siglo, Gianfranco Fini, último descendiente de los mussolinianos, liquidó el domingo los últimos restos de fascismo en el congreso de la Alleanza Nazionale. Es un paso de enorme alcance, con no poco eco en Europa. Y es lástima que otras noticias, más banales, oculten lo ocurrido en este histórico congreso. El régimen presidencialista, dijo Fini, no puede consistir en un parlamento arrinconado al que se pide que no moleste en la maniobra. Fini se declara laico, próximo a la comunidad judía italiana, defensor de Israel, desactivador de la derecha más dura, leal a los principios liberales de la Constitución y resistente ante el berlusconismo, entendido como el chiste continúo en el vértice del poder. También se ha pronunciado contra el servilismo ante la Iglesia. Fini se declaraba defensor de «una sociedad italiana multiétnica y multireligiosa», en la que no vale «sacar músculo contra la inmigración». Pide un giro enérgico que proporcione a Italia una reforma electoral y acabe con el torpemente llamado bicameralismo perfecto.

El fascismo tiene muchos inspiradores olvidados, pero un solo y verdadero padre, Benito Mussolini. Los fascios nacieron al calor del bolchevismo, rampante en la Europa de 1918. El fascismo ofrecía dos caras, autoritarismo de partido único y organización al servicio de la eficacia. La derecha de la derecha siempre sería eficaz.

Mussolini lanzó su marcha sobre Roma en 1922. Creó su propio ejército privado y sometió al rey Víctor Manuel III, que le encargó formar gobierno en 1923. Se pretende que el fascismo, dueño del estado, murió en 1945: en realidad cayó cuando una de sus escuadras asesinó al líder socialista Giacomo Matteotti en 1924. Desde ese día todo se precipitó, como Electra en la Orestiada de Esquilo.

El duce fue asesinado y colgado de los pies en Milán, en 1945. Pero Italia resurgió cuando Alcide De Gasperi, involuntariamente apoyado en el PCI, y con el concurso del plan Marshall, rehízo al país tras la guerra.

Ha transcurrido casi un siglo desde que Mussolini buscaba la dirección del diario Avanti hasta el congreso de este domingo de la Alianza Nacional. Los fascios, apoyados por los grandes industriales del norte, supieron abrirse camino. Su odio al ejército, a la policía y al rey era, entonces, casi incontrolable. La casa de Saboya dio pruebas, de nuevo, de su inútil habilidad. El fascismo, movimiento urbano, no llegó a las áreas rurales hasta mediados los años veinte. El marxismo de Mussolini fue atemperándose a las circunstancias. En Avanti, no gastaba bromas: «Nada se le escapaba. Tenía el furor frío. Era un hombre de 30 años sin juventud». Empezaron las frases, las peligrosas frases. Me odiáis porque me amáis.

Mussolini buscaba, quizá sin desearla, la voladura de la santabárbara. A diferencia de Hitler, el fundador del fascismo nunca quiso exterminar a seis millones de judíos. Pero el lanzamiento de un sistema basado en el culto a la mera eficacia derivaría en la mayor catástrofe de Italia, 16 siglos después de que los ejércitos de Alarico saquearan Roma.

Fini, hoy presidente de la Cámara de Diputados, ha hecho un servicio a todos los europeos. Se cierra un ciclo y eso, ha dicho, no es un regalo ni una legitimación: las ideas no se legitiman sino que se defienden. Al cabo de 94 años, fascista sigue siendo uno de los peores insultos del lenguaje político: alude a una mezcla de matonismo, muerte al adversario y total dominio del estado, forjado por el partido único. A un neonazi, en Múnich o Berlín, le llamarán fascista, mientras la policía intenta controlar a los dos extremos, anarco y neonazi. Fini y sus seguidores han acertado a cerrar un pavoroso capítulo del siglo XX.