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FÉLIX MADERO
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CUANDO se nos pregunta por la Justicia fruncimos el ceño y miramos para otra parte. Lo peor no es la lentitud con que se desenvuelve, lo que no tiene nombre es cómo se administra un bien que debería ser repartido con exquisitez y prodigalidad. La peor imagen que puede dar es la de parecerse a un equipo de fútbol: este juez es de Jueces para la Democracia, este otro de la Francisco de Vitoria, y el de más allá de la APM. Entre estas asociaciones, cuya existencia por muy legal que sea llena de inquietud al menos avisado, hay unos cuantos, más o menos la mitad, que no están asociados y que pillan -sí, digo bien: pillan-, menos que los asociados.

Dos sucesos recientes agotan hasta la extenuación la paciencia del lector de periódicos. El primero, saber que anda por ahí la señora Robles, doña Margarita, una de las viceministras de Belloch, ufanándose como si fuera una hooligan porque ha colocado a 18 de los suyos en diferentes cargos de la administración de Justicia. Por El País me entero de la carta que remite a sus compañeros en la que no menciona la idoneidad los elegidos, sólo habla del total de los colocados, del monto, del mogollón de cargos.

El segundo suceso pone en jaque toda la maquinaria de Estado con la Justicia por delante. Sonroja saber que en unos días quedará en libertad el ex director de la Guardia Civil Luis Roldán. Ha cumplido 15 de los 31 años de la condena; sigue teniendo una casa en París, propiedades en las Antillas francesas y 10 millones en algún paraíso fiscal. Asegura vivir de vender seguros, lo que no deja de ser una vil manera de mofarse de la Justicia, de los españoles y de los presos que están en el trullo por razones menos graves que las suyas. Que los ladrones consigan la libertad sin devolver lo robado se puede explicar, pero es imposible de justificar. Porque esta es la verdad: quince años después del saqueo, el vendedor de pólizas sale millonario de la trena. Nos dirán que las cosas son así, y como son así, habrá que aceptarlas. La capacidad de aguante de los españoles es infinita, y los que nos gobiernan lo saben.

Ahora nos tiene entretenidos con el pacto. Antes de que reparemos en el desastre de país que tenemos, un pacto por aquí, una de pensiones por allá, que no hay mejor cosa que estar entretenidos. No caigan en la trampa. Han de gobernar los que mandan y han sido elegidos. A mitad del partido no se puede cambiar el reglamento. Cuesta escribirlo tanto como creerlo, y se lo preguntaré, lector, de esta forma: A ver, en cinco segundos dígame tres cosas que funcionen bien en España. Uno, dos, tres, cuatro y... cinco. Para echarse a llorar.