Represión intolerable

Actualizado:

EL país de la «sociedad armoniosa» tiene problemas graves. El estallido de la violencia en la región china de Xinjiang representa un síntoma muy preocupante de la incapacidad de las autoridades del régimen dictatorial de Pekin para afrontar el desafío de una sociedad diversa, con diferentes aspiraciones individuales y colectivas. Ni en el Tíbet, ni mucho menos en esta región musulmana, donde pueden llegarse a implantar peligrosas corrientes extremistas, han sabido dar una respuesta adecuada a los problemas. Al contrario, el régimen de monopolio del Partido Comunista ha intentado desde su origen modelar distintos tipos de súbdito, desde la enloquecida Revolución Cultural a su entusiasta conversión al capitalismo de Estado, pero siempre ha imaginado a los ciudadanos chinos bajo un solo uniforme: mil quinientos millones de personas obligadas a ceñirse a un modelo predeterminado, en ocasiones uniformados hasta en el vestir.

Los gobiernos occidentales han expresado tímidamente su preocupación por lo que está sucediendo en Xinjiang, pero raramente se han producido las condenas que merecería semejante exhibición de violencia por parte de un régimen que está lejos de ser una democracia. Ahora China es lo suficientemente fuerte e influyente para intimidar a las capitales más importantes del mundo, y las condenas que se lanzan implacables contra la diminuta Honduras se vuelven mudas hipócritamente ante el cortejo de víctimas de la represión y del odio intercomunitario en China.

Han pasado veinte años de la matanza de la plaza de Tiananmen, China ha cambiado sustancialmente y, sin embargo, el Gobierno de Pekín sigue utilizando los mismos métodos contra los disidentes. Ahora podemos ver que un mayor énfasis en la defensa y promoción de la democracia en China no sólo hubiera sido bueno para Occidente, sino, sobre todo, para la misma China, que está construyendo una sociedad cargada de tensiones y basada en el mantenimiento de una inmensa mayoría de la población en un estado de semiesclavitud. No sabemos cuánto tardará en producirse, pero es evidente que sólo la verdadera democracia -adaptada a las características específicas de China, pero democracia- puede salvar a ese inmenso país. Ayudar en este propósito puede hacerse a través de las denuncias de los abusos para que el régimen chino aprenda cuáles son las fronteras de lo admisible.