Repaso al Quijote

Por JAIME CAMPMANY
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Cuenta mi señor don Miguel de Cervantes que «media noche era por filo, poco más o menos» cuando aquella pareja de hecho prodigioso, quiero decir don Quijote y Sancho entraron en el Toboso. El pueblo estaba sosegado y silencioso y sus vecinos dormían a pierna suelta, que Cervantes dice «tendida» con más propiedad. Sólo llegaban a los oídos de don Quijote los ladridos de los perros, que tanto acompañan y a veces imitan el hacer y quehacer de los hombres. También, de vez en cuando, rebuznaba un jumento, gruñían los puercos, maullaban gatos («mayaban» dice Cervantes), y sus voces se crecían en el silencio de la noche, «todo lo cual tuvo el enamorado caballero a mal agüero». Pero no por eso desmayó el ánimo de don Quijote y dijo a Sancho que le guiara al palacio de Dulcinea con la esperanza de hallarla despierta.

Ya se sabe que Sancho, Dios se lo pague aunque mal rayo le parta, convertía los gigantes en molinos, los ejércitos enemigos en almacén de odres y los palacios en ventas o casucas, y también en esta ocasión como en todas advirtió a su amo que la grandeza de palacio a la que él se refería la había visto con sus propios ojos y era más bien casa muy pequeña. No cejó don Quijote, que no era nacido para cejar ante la realidad, sino para engrandecerla e inventarla, como deberían hacer en su imitación algunos políticos. Se empecinó en que si Sancho vio a Dulcinea en una casa pequeña sería porque anduviese retirada en algún aposento pequeño de su alcázar solazándose a solas con sus doncellas.

Insistió de otra parte Sancho, que la realidad es terca como una mula, y explicó que llegarían a deshora al «alcázar de Dulcinea» puesto que era media noche, y no era tiempo de dar aldabazos en la puerta como si fuera una casa de mancebas. Claro está que no cedió don Quijote ni se apeó del burro, en este caso Rocinante. «Hallemos primero el alcázar -vino a decir-, que luego ya diré yo lo que será bien que hagamos». Era Sancho discutidor de ánimos pronto rendidos, y terminó por conformarse, conceder que así sería y le dijo a don Quijote que guiara él hacia el alcázar, y que cuando lo viera con sus ojos y tocara con sus manos, lo creería, aunque añadió que ese creer sería como creer que era de día la media noche.

Y claro está que guió don Quijote. Y guió mal, pues un grande bulto y una gran sombra que desde allí se veían los tomó por el palacio de su soñada Dulcinea. Llegaron los dos, don Quijote y Sancho, a la sombra y al bulto, y al acercarse a ellos vio una alta torre. Por ese signo conoció que lo que él tomó por palacio no era sino la iglesia principal del pueblo. Entonces, se volvió a Sancho y pronunció la frase que desde entonces es tomada por muchos como sabia advertencia: «Con la iglesia hemos dado, Sancho».

Pues, eso.