Ramón Pérez-Maura - Horizonte

La renovación

Renovar no implica abandonar tus principios, aunque para abandonarlos, primero hay que tenerlos

Ramón Pérez-Maura
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Puede que la situación sea un tanto confusa. El Partido Popular está poniendo en práctica un sistema electoral verdaderamente disparatado, pese a su intención de democratizar. Emplear dos cuerpos electorales diferentes en cada una de las fases del proceso de elección es algo propio de una democracia limitada. Máxime cuando en la primera fase puede tener derecho de voto el universo teóricamente total (todos los miembros de la organización) y en segunda ronda la elección es indirecta, por medio de unos compromisarios elegidos en paralelo en la votación del pasado jueves. Es decir, se da la capacidad de corregir la voluntad de la mayoría de los afiliados por medio de un sistema de democracia indirecta. Eso podía no haber tenido sentido con una victoria por una diferencia relevante, pero lo cierto es que la ventaja de Sáenz de Santamaría sobre Casado fue de sólo un 2,6 por ciento de los votos emitidos. Ella ganó en siete comunidades autónomas, igual que Casado. Cospedal ganó en tres y Ceuta y Melilla fueron, una cada una, para las dos candidatas en disputa. Un frágil equilibrio que no permite evitar una segunda vuelta. Y aunque el sistema parezca altamente imperfecto, lo que no se puede hacer es cambiar las reglas en mitad del partido.

El entorno de la ganadora, Soraya Sáenz de Santamaría, hacía ayer llamamientos a la unidad asegurando que su victoria en la segunda ronda es segura porque los compromisarios se habrían elegido con una lógica diferente a la empleada en la votación para elegir al presidente. Es posible. Yo comprendo que en unas primarias el voto tiene que apelar a los valores y creencias de las bases del partido. Y el espectacular resultado de Pablo Casado se deriva de que hay un porcentaje relativamente alto de las bases del PP que sigue creyendo que hay que dar la batalla por unas ideas que han estado escasamente presentes durante la presidencia de Mariano Rajoy. Casado ha defendido unos valores que quiere escuchar el militante de base. Y eso le ha permitido ganarse el voto del entorno de la secretaria general del PP, la que teóricamente tenía el control del aparato, y quedarse muy cerca en número de votos de Soraya. A pesar del amplio apoyo cosechado entre los miembros del Gobierno saliente, Soraya y su gente defienden que ellos no tenían nada frente al aparato de Génova que teóricamente controlaban Cospedal y –en menor medida– Casado. Es posible. Pero los análisis del resultado que hacen el Soraya y su entorno parecen ignorar otros factores relevantes. El más importante de todos podría ser que el centro derecha español espere otra cosa diferente a lo que ha vivido en los últimos años. La eficacia del marianismo en la gestión económica, que será resaltada con la previsible catástrofe que nos acecha, no opaca la sensación de las bases del PP de que no se defendieron unos valores que han estado ausentes del discurso de Soraya y muy presentes en el de Casado. Frente a la ideología de izquierda no ha habido ideología. Y por más que la ex vicepresidenta no se lo crea, la renovación no implica abandonar tus principios. Aunque, para abandonarlos, primero hay que tenerlos.

Es posible que la elección indirecta por medio de los compromisarios dé una opción mejor a Soraya. Pero no parece que ése sea el mejor camino para el futuro del PP. Basten dos datos sacados de los resultados del pasado jueves. El éxito final de Soraya se fundó en buena medida en su resultado en Andalucía, donde contó con el sólido apoyo de Arenas, difícilmente la encarnación de la renovación. El éxito de Casado le llegó de la mano de su resultado en Madrid, donde competía con el aparato de Cospedal. Parece claro dónde está la renovación.

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